Lettera 32 *

Por Sergio Sarmiento

“Conserva tus recuerdos.
Es lo único que te queda”.

Paul Simon, “Old Friends”

Era muy temprano, quizá las seis de la mañana, el 23 de octubre de 1968. Yo estaba despierto a medias. Trataba de juntar fuerzas para levantarme e ir a la escuela, a la Prepa 8.
Alguien tocó a mi puerta, lo cual era inusitado, especialmente a esas horas de la mañana. Con mis padres tenía yo una relación muy “respetuosa”: es decir, yo respetaba sus espacios y no me metía con ellos, pero exigía que ellos respetaran el mío… y no me gustaba que entraran a mi cuarto.
Dije adelante y aparecieron mis dos padres. Esto era también extraño, porque estaban peleados la mayor parte del tiempo. Venían sonrientes y traían consigo una caja de regalo de regular tamaño. “Feliz cumpleaños, Sergio”, me dijeron. Efectivamente, ese día cumplía yo 15 años.
Abrí la caja y saqué un estuche de plástico de color gris azuloso claro con una franja negra al centro. Lo reconocí de inmediato: mi padre fabricaba esos estuches para la empresa Olivetti. Con anticipación abrí la cremallera y encontré en el interior una flamante máquina de escribir portátil: una Olivetti Lettera 32 de cuerpo metálico, color verde azuloso, sólida, ligera y compacta.
No recuerdo un solo regalo en mi vida que me haya entusiasmado tanto y que se haya quedado conmigo tanto tiempo. Durante unos 15 años esa Lettera 32 se convirtió en mi principal compañera. Fue casi el único equipaje que cargué conmigo cuando dejé la casa familiar. Viajó conmigo más tarde a Estados Unidos, Inglaterra y Canadá. Y regresó conmigo años después cuando volví a México a establecerme definitivamente.
En esa máquina escribí mis ensayos de preparatoria y de universidad así como mis primeros artículos periodísticos: incluyendo el primero que alguien me compró, la revista Siempre!, en 1971. También redacté ahí algunos cuentos y una novela de juventud… bastante mala, por cierto.
Debo haber dejado de trabajar cotidianamente en esa vieja Lettera portátil a principios de la década de 1980, cuando tenía alrededor de 30 años. Ya en la Encyclopædia Britannica, donde trabajaba, me había acostumbrado a usar máquinas eléctricas: primero una Olympia semiportátil y más tarde una IBM de esfera que, con su corrector integrado, empezó a cambiar mi forma de trabajar y me motivó a comprarme una IBM usada para la casa.

OliUndiStudio44
Los hombres, me imagino, somos por naturaleza infieles. A la Lettera 32 la hice a un lado y después, entre las mudanzas, los divorcios y las separaciones, la olvidé. Hoy ya no sé quién se la quedó: si alguna ex pareja o un inquilino nuevo en un apartamento dejado atrás.
A fines de los ochenta di el paso de las máquinas de escribir a las computadoras. Mi vida se transformó radicalmente en el momento en que pude hacer todas las correcciones de un texto directamente en una pantalla y al final sacar una copia limpia de una impresora.
Hoy las computadoras se han convertido en mi instrumento cotidiano de trabajo. Las tengo sembradas por doquier y nunca salgo de México sin cargar una portátil.
Pero a últimas fechas he empezado a sentir nostalgia por mi vieja Lettera 32. Me pregunto, ¿dónde ha quedado? ¿Alguien la utilizará todavía? ¿O estarán pudriéndose sus restos en algún tiradero de basura?
Lo único que sé es que mis padres cambiaron mi vida el 23 de octubre de 1968 con ese regalo. A veces nadie sabe el impacto que puede tener una acción al parecer insignificante. Me imagino que una máquina de escribir sería hoy un presente poco atractivo para un joven. Pero lo importante en mi caso fue que, con la Lettera, mis padres solidificaron una vocación que ahora me permite ganarme la vida con dignidad y ofrecerle a usted estas cotidianas reflexiones.
Hoy el mundo ha cambiado. A mis hijos les he dado unas computadoras: una de ellas, de hecho, es más poderosa, avanzada y atractiva que la mejor de las que yo utilizo profesionalmente. Pero eso no es lo importante; tampoco el hecho de que las computadoras, al contrario de una máquina de escribir que podía dar servicio 15 años, hay que reemplazarlas cada tres o cuatro años para no quedar en la obsolescencia. Lo que yo me pregunto es si esas computadoras que hoy emplean mis hijos les ayudarán a fijar una vocación de manera tan clara como a mí me lo hizo una máquina portátil de escribir.
En la vida hay que ser agradecidos. Y hoy, a 34 años de distancia, quisiera atreverme a agradecer ese regalo tan aparentemente modesto que me ha permitido ser -para bien o para mal- lo que soy.

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* Este artículo fue publicado en el diario Reforma, el 4 de octubre de 2002 y se reproduce con permiso de su autor.

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2 thoughts on “Lettera 32 *

  1. Monica Mendoza says:

    Estimado Sergio Sarmiento, acabo de adquirir una hermosa Olivetti Lettera 32, y viendo que usted tiene un acercamiento a este modelo, me permito preguntarle si conoce en la Ciudad de México lugar o persona con quien pueda encontrar cinta de repuesto.

    Agradezco de antemano su atención y ayuda.

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    • Estimada Mónica: Sergio Sarmiento nos obsequió con su colaboración pero no administra este sitio. Respecto a su pregunta, para la Olivetti sí es posible adquirir la cinta de repuesto: en Office Max aún las surten. Saludos.

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