Cuatro máquinas de escribir en la vida de José Antonio Lugo

Por José Antonio Lugo

 

Hoy todos tenemos computadoras, en casa, en el trabajo, portátiles, más tabletas y teléfonos inteligentes. Sin embargo, con el riesgo de que un lector joven me tache de viejo –ni modo, nací en 1960- los de mi rodada sabemos que no siempre fue así. Y en mi vida cuatro máquinas de escribir se han cruzado en mi camino y me han dejado huella. Allí va su historia –que termina siendo la mía-.

Mi papá tenía –y me heredó- una máquina de escribir Smith-Corona que pesa más de 10 kilos, sin duda. Cuando estudiaba la secundaria en el Instituto México de Popocatépetl, reprobé mecanografía y me fui a segunda vuelta. En los colegios maristas, si no pasaba uno la segunda vuelta se iba a extraordinario; podía pasar el año pero ya no era posible seguir en la escuela. Pasé la materia con un gran alivio. Mi mamá es contador público y había estudiado en Guadalajara, de donde es oriunda, mecanografía y taquigrafía y se propuso enseñarme y de paso a un amigo, que andaba recorriendo los mismos caminos amargos que yo. Sacó un viejísimo método de una academia comercial tapatía y comenzó a darnos clases en las tardes, durante las vacaciones, con una disciplina espartana, no porque fuera difícil, sino porque era exigente. De modo que había que hacer los ejercicios con los ojos cerrados y escribir “asdfg, ñlkjh“ y así hasta el infinito. En la Smith-Corona, por supuesto.

Por cierto, una digresión: ¿saben, queridos lectores de este blog, en el que escribo por invitación de mi amigo y colega Enrique Alfaro, porqué el teclado es así? Leí en alguna parte que las letras están distribuidas de esa forma porque de otro modo las teclas chocaban entre sí cuando algunas estaban físicamente cerca y en el lenguaje también. Por ejemplo: si escribimos “que“, veremos que la “e“ está a la izquierda y la “u“ a la derecha; probablemente si estuvieran juntas se pegarían los tipos al llegar a la cinta.

Regreso a mi historia para decirles que esos dos meses de clases en la tarde durante las vacaciones –idea horrorosa, como cualquier alumno, de cualquier nivel, puede comprobar- ha sido la mejor inversión de mi vida. Escribo tan rápido –quienes me conocen saben que no exagero- que cuando quiero “capturar“ una conferencia, en lugar de llevar una grabadora y luego transcribir el texto puedo escribir todo –aunque sea con errores múltiples, por supuesto- a la velocidad a la que habla cualquier conferencista. Y como me he dedicado profesionalmente a la escritura de discursos políticos, de libros propios, y de libros como “ghost“ o “negro“, he de decir que el tiempo que me he ahorrado es infinito. Y aprendí en esa gloriosa máquina Smith-Corona que aún conservo.

En 1981, cuando estudiaba la licenciatura en letras modernas (francesas) en la UNAM) vi un letrero en un pilar que decía: “Juan García Ponce solicita ayudante. Comunicarse con Meche“ y un teléfono. Fui a ver a Juan a la casa de Alberto Zamora 64, me recibió Mercedes su hija, saludé a Juan, me preguntó que estudiaba y qué estaba leyendo y me dijo que el “examen“ era que escribiera bien a máquina y que tuviera buena letra manuscrita. De modo que Mercedes me pasó al estudio, me dictó un párrafo, me pidió que con mi letra escribiera un par de cosas y tan tan. Al término del examen, Juan me dijo que se comunicaría conmigo en los próximos días. Su hija me alcanzó en la puerta, cuando ya había dado las gracias y me iba, para decirme que su papá me preguntaba si podía empezar el próximo lunes. En mi arrogancia de los 20 años, le dije que era yo el que lo pensaría. Por supuesto terminé diciendo que sí.

De ese modo, el 5 de febrero de 1981 me senté frente a la Olivetti lettera 32 color verde en la que escribiría físicamente lo que Juan me dictaría. Estuve cuatro años tecleando esa máquina, tiempo durante el cual García Ponce me dictó la primera y segunda versión de Inmaculada y los placeres de la inocencia, los ensayos contenidos en Imágenes y visiones y un sinnúmero de textos para distintas revistas y catálogos.

Un día le pregunté a Juan, cuando ya habíamos construido una buena amistad, el porqué me había elegido, dado que antes de mí habían ido muchos jóvenes y no se habían quedado, a pesar de que, con seguridad, la mayoría escribía bien a máquina y tenía letra legible. Me dijo que era una cuestión de “feeling“. No necesito explicar que Juan, en su condición de padecer la esclerosis múltiple, que trae consigo una degradación permanente y continua del cuerpo, quería vivir esa condición frente a alguien que le cayera bien y que además tuviera un amor real por la literatura. Sin embargo, quiero pensar que además de contar con estos dos supuestos, sin duda ayudó el que tecleo la máquina como pianista y no aporreo ningún teclado.

 

SmithCorona

Años después, mi amigo Javier islas, proveedor de las computadoras MAC, que estaban causando furor, me invitó a que lo acompañara a casa de Gabriel García Márquez, que era su cliente y le había pedido que le arreglara algo de su máquina. Justificó mi presencia, cuando Gabo me vio en su casa junto a él, diciéndole que yo era secretario de Juan, lo que provocó que Gabo me estrechara la mano y me dijera que quería mucho a Juan. Bueno, resulta que Gabo tenía un monitor que no he vuelto a ver. Era un monitor vertical, en el que cabía la cuartilla completa, sin necesidad de subir o bajar el cursor, como están haciendo ustedes, lectores de estas líneas. Gabo me explicó que escribía una página al día, pero que, antes, tenía que mecanografiar un promedio de 23, porque las correcciones con pluma, al volverse ya ilegibles, requerían que mecanografiara todo otra vez y acababa molido. Ahora, él veía la página completa y no tenía más que hacer los cambios que su imaginación le dictara, sin tener que escribir todo de nuevo cada vez. Jamás escribí en esa tercera máquina de escribir, pero recuerdo con intenso placer ese encuentro y agradezco nuevamente a mi amigo Javier Islas que me haya llevado a conocer a Gabo.

Tres máquinas de escribir de tres generaciones distintas: la Smith Corona, de los cincuenta; las Olivetti, de los sesentas y setentas; la MAC de los ochentas. Las abuelitas de los monitores de hoy.

Escribo estas líneas en la cuarta máquina de escribir de la que hablaré hoy: una MAC de escritorio que compré hace un par de años. Como la mayoría de los mexicanos, no leo el manual a menos que se me atore algo. Así, un día, de repente, el teclado “me dijo“ en el monitor que tenía las pilas bajas. Yo sí sabía que el “mouse“ lleva pilas, pero no sabía que el teclado también.

Quiero pensar que los teclados de la Smith Corona, de la Olivetti y de la MAC se hubieran muerto de risa al ver cómo mi actual teclado depende de un par de pilas para funcionar.

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