Pensar con los dedos

Por José Manuel Ruiz Regil

Me encanta escribir a máquina. Así lo digo aunque esté en una computadora, porque la habilidad la obtuve en las clases de mecanografía del segundo año de secundaria en el Instituto México, donde cada semana los alumnos del salón 26 tomábamos nuestro asiento respectivo frente a la máquina didáctica, esa que tenía el teclado de colores verde, rojo y amarillo, sin las letras grabadas en los botones para aprender de veras a reconocer su posición por el puro acto adquirido de la prestidigitación, y a la voz de “comiencen” de Miss Piggy, una misteriosa señorita de cabellos rubios, vestida indefectiblemente con trajecitos de punto color pastel, ceñidos a su globular estructura, sonaba la ametralladora incansable de catapultas metálicas que lanzaban sus proyectiles contra la hoja en blanco con papel carbón donde se imprimía nuestro afán disciplinado. Sin pecar de soberbia he de decir que yo era uno de los más rápidos del salón, seguido acaso, por mi compañero de banca, el número 41, Ríos Patrón. Yo era el 40, Ruiz Regil. Sin desprender la vista del manual que, técnicamente debíamos tener al lado derecho de la máquina, Ernesto y yo compartíamos esa rivalidad cuando estábamos a punto de llegar a la meta. Debo a ese entrenamiento que no me costó prácticamente, ningún esfuerzo, sino la suerte de una currícula obligatoria, la posibilidad de abismarme en el teclado a perseguir sueños y a transitar laberintos, a veces a una velocidad mayor a la de la palabra hablada, y mucho mayor que la manuscrita. De hecho, cuando empiezo una idea a mano sobre el papel, y se empieza a complicar la sintaxis, brinco al teclado y ahí descubro, como en un fiat lux, lo que en papel se hallaba oculto. Adoro la libertad de pensar con los dedos.

Escribir sonando
Por esa misma época estudié piano con el maestro Vila, quien me enseñó las escalas cromáticas, los acordes mayores y menores. Con eso me he defendido más o menos toda la vida, y he llevado mi habilidad dactilográfica a un cierto nivel de sensualidad que me propicia grandes gratificaciones cuando estoy ante un piano o un teclado alfabético. Lo que sucede con esta habilidad es que el acto de escribir se vuelve, entonces, un performance estético muy disfrutable. Debo aceptar que no es lo mismo escribir en la Olivetti portátil de plástico que me regaló mi tía Luisa en secundaria, que en la Olivetti de metal que heredé de mi papá después, que era de una elegancia ejecutiva que yo personalizaba quitándole la tapa para operarla viendo accionar el mecanismo, buscando, me imagino, una suerte de placer estético similar al de quien destapa el cofre de su coche para lucir el motor cromado. En suma, una nacada. Ya en la universidad heredé del despacho de mi papá también una IBM eléctrica de bola, que ofrecía la posibilidad de escribir en cursivas, en altas y en bajas. Una máquina de metal también, color beige, muy pesada y fría, que al encenderla emitía un sonido suspensivo y un olor mezcla de tinta y acero caliente que impregnó toda mi formación publicitaria, y fue lo único que me llevé de la casa paterna cuando me fui a vivir al cuarto de una casa de huéspedes para convertirme en escritor –claro, además del coche, mi ropa, un stereo y una buena caja de discos. Fantaseo con la idea de algún día traducir el sonido del teclado alfabético a notas musicales y viceversa, conocer el discurso lingüístico que se esconde detrás de cada arpegio en el piano.

 

Botones marcados
Mi primera computadora fue una laptop Compu Add gris que le compró mi papá a su contador. Trabajaba con sistema MS2 de Windows. Tenía el mouse integrado como una bolita insertada en el extremo superior derecho. Aceptaba Diskettes de 3.5 y Floppys. Una verdadera maravilla. La pantalla monocromática ofrecía un fondo gris y letras claras. En ella pasé en limpio mi primer álbum de canciones y exploré mis primeros cuentos y poemas. Cabía perfectamente en un portafolio. Esa movilidad me valió alguna cercanía con Pedro Torres alguna vez que tuve oportunidad de escribirle una conferencia.
Después mi hermana me financió una Toshiba Satellite que compré en un Office Depot. Esa sí me duró mucho tiempo. Y la traje de arriba para abajo. Con ella produje mi programa de radio Caleidoscopio de vida, y di a luz muchos proyectos tanto literarios como musicales, aprendí a usar internet y se empezó a borrar la frontera entre mi cerebro y la máquina. Fue hasta este modelo en que me di cuenta de que ya era un ciborg, que mucha de la información que confiaba tener, sólo era accesible a través de esa prótesis de mi cerebro. Nos volvimos inseparables, dependientes uno del otro –más yo de ella-, pero un mal día se quedó ciega. Se fundió la pantalla y ante lo inconveniente de la reparación opté por sacarle el disco duro y usarlo como externo. Fuera de eso y el desprendimiento de la letra L , quizás por mis apasionados embates líricos –laralaralarí-todo quedó en paz. Entonces brinqué a una Samsung mini color rojo cereza y blanco interior que me dio batalla con mucha dignidad. A pesar de su tamañito, que por otro lado resultó muy conveniente, pues cabía en cualquier bolsa, ideé conectarla a través de un cable a una pantalla grande, de tal forma que desde ahí veía películas y escribía con gran amplitud. Sí, tuvo varias reparaciones por virus y hubo que cambiarle el mecanismo de encendido en una ocasión. Otra vez se me cayó al piso y botaron sus partes por todos lados, se desarmó casi por completo. Pero la adrenalina del momento, y el miedo a perderla me ayudaron a reacomodarla, y logré salvarla. Luego se le botó la tecla de la letra L, también. Pero eso no fue lo peor. Lo terrible fue cuando le cayó la bolsita de té húmeda encima. Entonces sí, ya no prendió más. El disco duro se puso en huelga y quedaron en ese limbo tres libros terminados, cursos, textos y mucha información reunida de investigaciones. Ante esa pérdida hice este poema:

Abisal

Caigo en el espacio-tiempo del vacío
Sin asideros ni tensiones
No hay relación arriba-abajo
Todo es nada
En medio del aire
Grito en silencio sorda agonía
Espejo roto
Grieta que invade la amnesia
Olor a sangre seca
Letra oxidada y podre
Inerte
En suspensión virtual
La vida se resiste a callar
Evoca
Recuerda
Trasiega
La pérdida se suma a la cadencia
Del peso con que todo cae
Tarde o temprano
En la nada- madre.

Lo escribí en la Acer de Claudia de teclado ergonómico ultra-delgado, que compartimos intermitentemente hasta que Laura, mi tía de la guarda, me regaló esta Toshiba de segunda mano en la que ahora trabajo, modelo Satellite, también, como la otra que tuve, en la que retomo el vuelo musical, pues la amortiguación de sus letras, les da la profundidad pianística que me hace sentir que en cada texto navego por una partitura llena de color en donde canto un homenaje a este invento magnífico con el que he aprendido a conocerme y a conocer el mundo que me rodea, a través de la combinación de botones marcados.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s