Falso coleccionismo

Por José Abdón Flores

Tengo 24 máquinas de escribir antiguas. Por antiguas quiero decir máquinas que fueron producidas antes de los años 40 del siglo pasado. Están hechas de metal y pintadas, la mayoría de ellas, con esa laca negra que según he investigado es muy difícil reproducir a menos que se tenga un laboratorio químico. Sus partes brillantes son de níquel pero lucen como si fueran de plata. Mi orgullo es una Continental portátil con el teclado en finlandés, aunque la más llamativa es una vieja Adler con tres hileras de teclas y un hermoso blasón dorado.

Supongo que fue una nostalgia la que me llevó a “coleccionarlas”. Las comillas son a propósito: no soy un coleccionista cabal sino más bien temporal. A diferencia de los verdaderos coleccionistas, soy incapaz de reparar una o de desarmarla y ensamblarla para hacerle una limpieza general. En mi adolescencia coleccioné insectos, y eso duró los años suficientes para llenar dos insectarios de poco menos de 1 m². Después coleccioné lunas y llené de colores cerámicos una de las paredes de mi cuarto en México. No puedo decir que coleccioné libros, sin embargo siempre fui selectivo al escogerlos: buenas ediciones, bien conservados, autores poco leídos… Leyendo por aquí y por allá, no precisamente en esos libros, di con la manera en la que solían escribir algunos autores. Por ejemplo, recuerdo que fue Mark Twain el primero ­–según la historia oficial– en escribir un libro con una de esas aparatosas máquinas de finales del XIX. Fue el inicio de una relación que perduró por casi un siglo. Anécdotas de esta relación hay varias: Jack Kérouac escribiendo The road en una máquina portátil a la que alimentó no con hojas sino con un rollo de papel Kraft, tal vez para no romper el ritmo y hacer del acto de escribir y de la obra una sola cosa. Los dedos índices de Carlos Fuentes torcidos de tanto aporrear el teclado. La manía de Javier Marías por escribir en una máquina eléctrica –el colmo del mal gusto– y penar luego por conseguir las margaritas pues la máquina eléctrica vivió poco.

This slideshow requires JavaScript.

Sin embargo, la anécdota que más recuerdo es la de Ray Bradbury y su dependencia inspiracional en la máquina de escribir. Cuando se atoraba en la escritura, Bradbury accionaba una tecla con un dedo. Esto hacía que la barra con el tipo correspondiente se levantara para casi tocar la hoja; era como si oprimiera un botón de alarma en espera de respuestas. Así pasaba minutos hasta lograr que la trabazón creativa terminara por resolverse. Bradbury argüía que era imposible hacer lo mismo en una computadora pues al presionar una letra ésta se inmiscuye de inmediato en el texto, un distractor inaceptable para él que siguió escribiendo a máquina hasta su último libro.
Siempre he escrito a mano de modo que la nostalgia que me llevó a juntarlas nada tiene que ver con que las haya usado para escribir sino con un aspecto técnico y estético que se fue perdiendo a medida que la tecnología se volvió industrial. Ver una Salter al lado de cualquier laptop multifuncional me causa risa y tristeza. No tengo una Salter en mi “colección”, pero las que tengo tienen al menos 70 años y casi todas funcionan. Dudo que dentro de 70 años las computadoras actuales sirvan, y tampoco creo que existan coleccionistas ávidos por conseguir plástico, circuitos impresos y pantallas de cristal líquido. Me parece que la máquina de escribir consiguió no sólo ser un objeto funcional sino que sus cientos de partes ensambladas lograron volverla estéticamente bella, un objeto entrañable en los mercados de viejo, las tiendas de antigüedades y en ciertas subastas especializadas (en Colonia hay una cada año.)

Dejé de “coleccionarlas” debido a que la curiosidad y las circunstancias me llevaron a visitar a un verdadero coleccionista: Tilman Elster, quien hacia 2009 poseía una de las colecciones más grandes en el mundo. Cuando el señor Elster me dijo como si nada que había debido comprar una finca para albergar su colección, francamente me asusté. Por si no fuera ya considerable esa inversión, a ello había que agregar la implementación de un sistema de temperatura y humedad controladas, además de dar a las máquinas mantenimiento o cuando menos usarlas de vez en cuando. Y es que si se tienen algo así como 1500 máquinas de escribir, se vive para ellas. Supongo que es lo mismo para otro tipo de coleccionistas serios.

Veinte máquinas tengo en México y las cuatro restantes me acompañan en París. Me sorprende su buena condición; sin duda me sobrevivirán. Basta usarlas una o dos veces al año con la excusa de rotular un sobre para un concurso, escribir algún recado o simplemente utilizarlas para retrotraer una época pasada. Algo semejante a pasear en un automóvil antiguo o tener en casa un teléfono de bakelita para contestar las llamadas pues esa es la idea de las antigüedades: hacerlas que liberen su carga de pasado.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s