De mecanografías, esténciles, máquinas de escribir y otros dichos casi extintos

Por José Luis Velarde

Cada vez que me adentro en una oficina intento distinguir los sonidos que la representan. A veces comento mi afición con los empleados o con otros visitantes. Suelo descubrir extrañeza en vez de interlocutores dispuestos a comentar las características sonoras de cada espacio de trabajo. Con pena descubro que la mayoría sólo intenta cumplir las obligaciones y asuntos correspondientes. Muy pocos distinguen los sonidos característicos de cada área. Las reservadas al personal y aquellas donde el público va y viene inmerso en los trámites que rigen nuestras vidas.

Zzzzzzzzz
En algunos sitios puede hablarse con normalidad. En otros, parece imprescindible alzar la voz y no es extraño ser agobiado con gritos. Puedo suponer que nuestra cultura influye en la manera en que nos expresamos tanto como nuestra salud emocional, pero no dudo al afirmar que hay oficinas propicias para los excesos de tono, timbre y volumen. Quizá impulsados por trámites engorrosos. Quizá como reacción instintiva ante diseños arquitectónicos ajenos a la escala humana y al calor norestense. Pienso en razones que van de Kafka a la posición de la Luna en el espacio sin conseguir explicación viable. Es más fácil notar que ciertas dependencias amortiguan pasos y voces con alfombras y recubrimientos espesos. Hay oficinas donde los protocolos son estrictos y uno se comunica con murmullos. Quizá intimidado por la naturaleza de los asuntos a tratar. Quizá como correspondencia a la intensidad con que nos hablan. Lo que me resulta triste es afirmar que ningún sitio de trabajo sonará como sonaba hasta hace poco tiempo. El advenimiento de las computadoras y los teclados plásticos eliminó el repiqueteo tradicional de las máquinas de escribir. Los teclazos revelaban el estado anímico del mecanógrafo. Y al escribir esta palabra pienso que mecanógrafo se esfuma tan de prisa como taquimecanografía, estenógrafo y mi propio pasado.
En alguna parte resuena el timbre que antaño advertía que la escritura se aproximaba al límite de la hoja de papel. Era el momento de regresar el rodillo impulsado por una palanca de carro libre hasta el punto donde iniciaba un nuevo renglón. Ahora las líneas saltan precisas y automáticas. Mecanismos invisibles tabulan márgenes perfectos, cambian tipografía y deslindan estilos. Recuerdo tiras de papel con polvo blanco adherido que debían colocarse con exactitud microscópica para eliminar errores. Pienso en las hojas perdidas tras veinte renglones perfectos y una palabra mal escrita. Extraño los dedos sucios por el papel pasante que permitía una o dos copias legibles, aunque también era válido usar papel cebolla que mis ojos infantiles utilizaban como neblina portátil. Respiro la tinta morada de los mimeógrafos que permitían reproducciones horribles mediante esténciles perforados con las teclas. Hojas de apariencia esquelética para sustentar la reproducción en serie antes del abaratamiento de las copias fotostáticas.
Es indudable que las computadoras —de tan ordenadas que son— ofrecen incontables ventajas sobre las máquinas de escribir, pero extraño los conciertos surgidos en cualquier oficina. Aquellos días en que las teclas alteraban el tono y cambiaban de ritmo de acuerdo a la hora, el clima y la creatividad revelada en cada usufructo siempre intimista. Recuerdo oficinas de ritmos alegres y sitios tristes como los dedicados a las pompas fúnebres donde las máquinas de escribir solían descomponerse antes de cumplir su vida útil.
La burocracia escribía monótona sobre machotes que quizá aún se utilizan. La máquina de escribir reflejaba la personalidad de los usuarios con exactitud distante del sonido amortiguado de los nuevos teclados. Instrumentos cada vez más silenciosos. Antaño los cambios de humor atosigaban los oídos con desafines chocarreros e iluminaciones imprevistas. La máquina de escribir era elemento imprescindible en las características sonoras de cada espacio.
El repiqueteo de los editoriales difería de las notas policíacas y las inserciones pagadas en el mundo de la prensa. Las recetas de los médicos sonaban optimistas o meditabundas de acuerdo a la salud del paciente. Era posible encontrar diferencias entre las máquinas de escribir pertenecientes a las instituciones bancarias y aquellas instaladas en las estaciones radiofónicas. Estos ritmos peculiares desaparecieron en los sitios públicos como en otros espacios menos concurridos. Aquí y allá atestiguaron la escritura de incontables obras de cobertura limitada o pública. Cartas de amor. Correspondencias febriles. Cuadernos de viaje. Diarios y autobiografías. Ritmos individualistas en pleno contraste con los textos dedicados la tecnología, la agricultura o la jurisprudencia entre tantos asuntos expuestos mediante una máquina de escribir. No vacilo al afirmar que la literatura utilizaba otras posibilidades acústicas. Las historias de horror manejaban sonoridades distintas a las aparecidas en el existencialismo, la ciencia ficción, la fantasía, el realismo mágico y otras clasificaciones arbitrarias, o no, de la obra escrita. Incluso diferían aunque las obras tecleadas pudieran ubicarse en el mismo género literario o pertenecieran al mismo autor. Eran sensores finísimos. Mecanismos de medición personal y exactitud irrepetible. Las novelas escondían conciertos enteros para sorprender a las escrituras de menor extensión, pero no siempre lograban mejores repiqueteos.
Ahora tecleo frente a un monitor. Mis manos van y vienen por un teclado incapaz de revelar los sonidos que extraño. La barra de espaciado es la que más destaca, pero languidece ante los recuerdos chirriantes de un carro maltrecho, el crepitar del rodillo que intentaba establecer espacio y medio o dos espacios según el texto. Intensifico la fuerza con la que mis dedos golpean las teclas y sólo escucho el timbre que anuncia el final de una época.

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