El amargo encanto de la máquina de escribir

Por Gabriel García Márquez

Los escritores que escriben a mano, y que son más de lo que uno se imagina, defienden su sistema con el argumento de que la comunicación entre el pensamiento y la escritura es mucho más íntima, porque el hilo continuo y silencioso de la tinta hace las veces de una arteria inagotable. Los que escribimos a máquina no podemos ocultar por completo cierto sentimiento de superioridad técnica, y no entendemos cómo fue posible que en alguna época de la humanidad se haya escrito de otro modo. Ambos argumentos, desde luego, son de orden subjetivo. La verdad es que cada quien escribe como puede, pues lo más difícil de este oficio azaroso no es el manejo de sus instrumentos, sino el acierto con que se ponga una letra después de la otra. Se ha hecho mucha literatura barata sobre las diferencias entre un texto escrito a mano y otro escrito a máquina. Lo único cierto, sin embargo, es que la diferencia se nota al leerlos, aunque no creo que nadie pueda explicarlo. Alejo Carpentier, que era escritor a máquina, me contó alguna vez que en el curso de la escritura tropezaba con párrafos de una dificultad especial, que sólo lograba resolver escribiéndolos a mano. También esto es tan comprensible como inexplicable, y sólo podrá admitirse como uno más de los tantos misterios del arte de escribir. En general, yo pienso que los escritores iniciados en el periodismo conservan para siempre la adicción a la máquina de escribir, mientras quienes no lo fueron permanecen fieles a la buena costumbre escolar de escribir despacio y con buena letra. Los franceses, en general, pertenecen a ese género. Hasta los periodistas: hace poco, en Cancún, me llamó la atención encontrar al director del Nouvel Observateur, Jean Daniel, escribiendo a mano su nota editorial con una caligrafía perfecta. El famoso café Flore, de París, llegó a ser uno de los más conocidos de su tiempo porque allí iba Jean Paul Sartre todas las tardes a escribir las obras que todos esperábamos con ansiedad en el mundo entero. Se sentaba muchas horas con su cuaderno de escolar y su estilógrafo rupestre, que muy poco tenía que envidiar a la pluma de ganso de Voltaire, y tal vez no era consciente de que el café se iba llenando poco a poco de los turistas de todas partes que habían atravesado los océanos sólo por venir a verle escribir. Sin embargo, no había necesidad de verlo para saber que era una obra escrita a mano.

GGM mecanografiando

En cambio, es difícil imaginar a un norteamericano que no escriba a máquina. Hemingway, hasta donde lo sabemos por sus confesiones y las infidencias de sus biógrafos, usaba los dos sistemas -como Carpentier-, y ambos del modo más extraño: de pie. En su casa de La Habana se había hecho construir un facistol especial en el que escribía con lápices de escuela primaria, a los cuales sacaba punta a cada instante con una navaja de afeitar. Su letra era redonda y clara, un poco dibujada, y de su oficio original de periodista le había quedado la costumbre de no contar por páginas el rendimiento de su trabajo, sino por el número de palabras. A su lado, en una mesa tan alta como el facistol, tenía una máquina de escribir portátil y, al parecer, en un estado más bien deplorable, de la cual se servía cuando dejaba de escribir a mano. Lo que no se ha podido establecer es cuándo y por qué usaba a veces un sistema y a veces el otro. En cuanto a la rara costumbre de escribir de pie, él mismo da una explicación muy suya, pero que no parece satisfactoria: “Las cosas importantes se hacen de pie”, dijo, “como boxear”. Hay el rumor de que sufría de alguna dolencia sin importancia pero que le impedía permanecer sentado durante mucho tiempo. En todo caso, lo envidiable no era sólo que pudiera escribir lo mismo a mano o a máquina, sino que pudiera hacerlo en cualquier parte y, al parecer, en cualquier circunstancia. Se sabe que alguna vez, en el curso de un combate, se fue a la retaguardia a escribir un despacho de Prensa sentado en el suelo y con el cuaderno apoyado en las rodillas. En su hermoso libro París era una fiesta, nos contó una radiante tarde de otoño en que estuvo en la librería de Silvia Beach esperando a que regresara James Joyce, y nos contó cómo caminó después hasta la brasería Lip y cómo permaneció allí escribiendo en una mesa apartada hasta que se hizo la noche, y el local se llenó, y ya no le fue posible escribir más.
No es frecuente que los escritores que escriben a máquina lo hagan con todas las reglas de la mecanografía, que es algo tan difícil como tocar bien el piano. El único que yo he conocido capaz de escribir con todos los dedos y sin mirar el teclado, era el inolvidable Eduardo Zalamea Borda, en la redacción de El Espectador, en Bogotá, quien, además, podía contestar preguntas sin alterar el ritmo de su digitación virtuosa. El extremo contrario es el de Carlos Fuentes, que escribe sólo con el índice de la mano derecha. Cuando fumaba, escribía con una mano y sostenía el cigarrillo con la otra, pero ahora que no fuma no se: sabe a ciencia cierta qué hace con la mano sobrante. Uno se pregunta asombrado cómo su dedo índice pudo sobrevivir inerme a las casi 2.000 páginas de su novela Terra nostra.
En general, los escritores a máquina lo hacemos con los dos índices, y algunos buscando la letra en el teclado, igual que las gallinas escarban el patio buscando las lombrices ocultas. Sus originales suelen estar plagados de enmiendas y tachaduras, y en un tiempo fueron el horror de los linotipistas, que tantos y tan útiles secretos del oficio nos enseñaron en la juventud, y que hoy han sido reemplazados por las hermosas mecanógrafas de la composición fotográfica, que ojalá nos enseñaran también otros tantos y apetitosos secretos de la vejez. Algunos originales eran tan difíciles de descifrar, que muchos escritores tenían que ser encomendados siempre a un linotipista de cabecera que conociera a fondo sus jeroglíficos personales. Yo era uno de aquellos escritores, pero no por lo intrincado de mis originales, sino por mis desastres ortográficos, de los cuales no estoy a salvo todavía en estos tiempos de gloria.
Lo peor es que cuando uno se vuelve mecanógrafo esencial ya resulta imposible escribir de otro modo, y la escritura mecánica termina por ser nuestra verdadera caligrafía. Hasta el punto de que hace falta la ciencia para interpretar el carácter de un escritor por las alternativas de la presión que ejerce sobre el teclado. En mis tiempos de reportero juvenil escribía a cualquier hora y en cualquiera de las máquinas paleolíticas de la redacción de los periódicos, y en las cuartillas de un metro que cortaban del papel sobrante en la rotativa. La mitad de mi primera novela la escribí en ese papel en las madrugadas ardientes y olorosas a miel de imprenta del periódico El Universal, de Cartagena, pero luego lo continué en el dorso de unos boletines de aduana que estaban impresos en un papel áspero y de mucho cuerpo. Ese fue el primer error: desde entonces, sólo puedo escribir en un papel como ese: blanco, áspero y de 36 gramos. Después tuve la desdicha de conocer una máquina eléctrica que no sólo era más fluida, sino que parecía ayudarme a pensar; ya no pude usar nunca más una máquina convencional.
El tiempo agravó las cosas: ahora sólo puedo escribir en máquina eléctrica, siempre de la misma marca, con el tipo de la misma medida, y sin un solo tropiezo, porque hasta el mínimo error de mecanografía me duele en el alma como un error de creación. No es raro, pues, que el único cuadro que tengo frente al escritorio donde escribo sea el afiche de una máquina de escribir destrozada por un camión en medio de la carretera. ¡Qué dicha!

Crédito: El País, 7 de julio de 1982.

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