Mi Olympia SM3 DeLuxe

Juan Carlos Calvillo

Todo aquel que tenga una máquina de escribir y trabaje con ella todos los días sabrá que lo que digo es cierto: las máquinas, como los gatos, como los vinos, cada una tiene una personalidad distinta. A las máquinas se las va conociendo poco a poco. Al principio uno se acerca con cautela para descubrir su temperamento; indaga, explora, trata de reconocer la suerte de caricias que le serán permitidas. Al final, cuando hay confianza, y si la máquina es un poco irascible, sabe cómo castigarlo a uno si se pasa de listo, si va demasiado rápido o si le exige más de lo que puede ofrecer. No obstante, y también como sucede con los gatos y los vinos, son momentos de indecible felicidad aquellos en los que se entabla una conversación, cuando uno se entrega por completo y, a cambio de esa sinceridad, recibe el arrullo de un ronroneo constante, el placer de un ligero letargo en las yemas de los dedos. De una máquina conocida uno puede tomar consejo, y, como bien se sabe, el mejor consejo es aquel con el que uno puede contar en todo momento aunque nunca le diga exactamente lo que quiere escuchar.

 

Mi máquina de escribir, la Olympia SM3 DeLuxe en la que escribo ahora, ha estado en mi familia por tres generaciones. No es un modelo tan antiguo como cabría suponer a juzgar por lo anterior (he visto algunas Remington y Smith Corona en las que aún trabaja gente porfiada como yo), pero el hecho de que mi abuelo y mi padre la hayan usado antes de que llegara a mis manos le da un cierto aire de nostalgia. De joven tomé clases de mecanografía en una Olivetti color azul cielo, suave y condescendiente, pero la máquina y yo nunca nos llevamos bien y terminó siendo parte de la escenografía de una obra de teatro a la que habrán asistido, cuando mucho, diez personas. (Yo, desde luego, nunca aprendí a mecanografiar sin ver el teclado por su culpa.)

Con la Olympia llevo ya varios años. Fue un regalo de mi padre, que a su vez la heredó de su padre, aunque estoy seguro de que mi abuelo no fue su primer dueño. A don Arturo apenas lo conocí —murió cuando yo era niño—, pero me dicen que tenía la costumbre de comprar cuanta cosa se encontrara en bazares de segunda mano. (Una vez llegó a su casa con un aparato que compró por ahí en algún tianguis, una pieza horrible de metal con una palanca que no activaba absolutamente ningún mecanismo y de cuya manija colgaba una etiqueta impresa con toda pulcritud: “Este artefacto no sabemos para qué sirve, pero cuesta $1.” Yo llegué a ver el dichoso adminículo. Ese era mi abuelo: una de las cinco o seis personas en este mundo que habría comprado el cacharro inservible precisamente por, y no a pesar de, la supina honestidad de aquel mensaje.)
En todo caso, es muy probable que la Olympia haya sido de alguien más antes de llegar a mi familia. Mi papá la heredó junto con el otro montón de máquinas, fierros viejos, cajones empolvados, destrezas y perfeccionismos recalcitrantes que constituían la imprenta tipográfica de mi abuelo. Yo crecí en ese lugar, y en ese lugar aprendí a entender y a formar palabras letra por letra. Mi padre y mi abuelo, ambos tipógrafos de oficio, eran especialistas en la impresión de textos; su técnica era elegante, exquisita, pero el trabajo profesional con tipo móvil es tardado y laborioso, y por eso recurrían a la máquina de escribir cuando necesitaban resultados inmediatos: redactar la responsiva de una compraventa, llenar la solicitud de mi colegiatura, si acaso dignificar algún pensamiento que revoloteara en la práctica inexistencia de su tiempo libre. Quizá yo le di un uso más prolongado en mi infancia del que ellos le dieron jamás: estaba ahí en la oficina de mi padre cuando yo visitaba la imprenta por las tardes, siempre sobre un archivero de madera y resguardada bajo una cubierta de plástico grueso que ha de haber cosido mi abuela (me imagino que la Olympia perdió su caja antes incluso de llegar a mi bazar hipotético por medio de una historia chusca cuya etiqueta no se conserva), y yo la bajaba para escribirle cartas de amor en inglés a la niña más guapa de la primaria. (Nunca me hizo caso. Hoy en día es actriz; la veo de cuando en cuando en el periódico y sigue siendo la chica más guapa de toda la plana. A veces, cuando escribo en la Olympia, me pregunto si la cinta tendrá todavía algún recuerdo de Paulina.)
La Olympia es una máquina caprichosa a pesar de su apariencia tosca. No he investigado mucho sobre ella (sólo supe que en una igual escribieron John Updike, Carson McCullers y Robert Penn Warren) pero, si tuviera que adivinar, diría que la diseñaron pensando en un escritor solitario. Su color es verde militar, más apagado incluso, pero su textura es la de la arena que uno se encuentra en el lecho de un río. El armazón tiene varios golpes, cicatrices, que creo que le dan carácter. Por ese motivo, porque algo en ella me hace pensar en un boxeador retirado, me rehúso a limpiar los tipos. Las aperturas y los blancos internos de muchas letras están empastados, al grado de que a veces es difícil distinguir una e de una o minúsculas, pero me gusta mucho que la página tenga un aspecto irregular y andrajoso. En estos tiempos en los que es tan fácil que las computadoras hagan parecer seria cualquier estupidez, el desaliño de una página mecanografiada en la Olympia es un recordatorio de lo fangoso, lo provisional y lo imperfecto que es lo que uno escribe. Y eso es lo que más aprecio de mi Olympia: nunca me permite olvidar que una palabra, un verso, una novela se construyen una letra a la vez. Un elemento mal colocado o un instante de distracción pueden tirar por la borda el trabajo físico y mental de toda una mañana. Escribir a máquina disciplina el pensamiento, lo obliga a uno a considerar siempre la mejor manera de decir las cosas antes de decirlas, o, de lo contrario, a pagar las consecuencias de su impulsividad. No hay perdón que valga: la Olympia, como Hamlet, debe “ser cruel sólo para ser compasiva”.
Eso no quiere decir, sin embargo, que yo acepte siempre su consejo con beneplácito. Muy por el contrario, las más de las veces me saca de quicio. No le gusta que la atosigue; me regaña, me guarda rencores. Me ensucia los dedos si le pierdo la paciencia. Desde que yo la tengo, el carro ha estado desalineado y se traba exactamente a la mitad en cada renglón, justo donde lo asegura el mecanismo de transporte. A veces, cuando escribo en versos alejandrinos por ejemplo, le saco provecho a la falla y configuro la máquina para que quepa un hemistiquio a cada lado de mi cesura obligatoria, pero cuando escribo en prosa se percibe un desfase, como si se tratara de un texto a dos columnas fuera de registro. Con todo, lo molesto no es eso, sino que la Olympia nunca me deja disfrutar una racha de más de medio renglón de escritura inspirada sin que tenga que apartar la mano izquierda de las teclas para liberar el carro. Más de una vez, embebido en alguna idea, he amontonado palabras enteras en el espacio de un solo carácter a la mitad de la página. Es una lata, sin duda, pero he decidido interpretarlo como una lección y desconfiar de las musas de largo aliento. Del mismo modo, dado que la cinta tiende a salirse de las guías cada vez que escribo una letra mayúscula, he aprendido a no venerar falsos ídolos. En la Olympia uno se tiene que ganar su nombre propio. Claro, la máquina me deja divagar a mi antojo (como lo he hecho al hablar de ella en estas páginas), pero a la hora de la versión definitiva, el trabajo es trabajo y la Olympia es inclemente con los errores a pesar de mi cansancio.
El día en que mi padre me la regaló comencé una novela de la que no puedo dar detalles por razones obvias (baste decir, por si no había quedado claro con todo lo anterior, que los escritores, con máquinas o sin ellas, somos criaturas supersticiosas), pero lo que sí puedo admitir es que en mi Olympia —y en no poca medida gracias a mi Olympia— escribí el libro de poemas más bello y sincero que he escrito jamás. O eso creo. Será que eso es lo que a uno le hace sentir.
Con todo, no creo que escribir a máquina sea sólo una extravagancia, un pretexto más al servicio de tanta gente pretenciosa. Creo que es un hábito de trabajo, y en esa fórmula el componente del trabajo es tan importante como el componente del hábito. Hemingway decía que ya con despuntar siete lápices del número dos se puede considerar productiva una mañana. Y escribir a lápiz tiene también su gran encanto: “trazar / sus sombras con la mágica mano del azar”, como rezan los versos de Keats. Me parece que lo que importa a fin de cuentas es un esfuerzo físico que mantenga vigilados los procesos mentales, los vaivenes del pensamiento; todo lo que damos por sentado, los sacrílegos placeres de los que nos ampara y nos defiende la tecnología en nuestro tiempo. Para mi padre y mi abuelo la Olympia significaba una escritura expedita en un mundo que giraba despacio; para mí, en otro siglo y con la computadora a mis espaldas, significa un regreso a la composición esmerada de antaño. La Olympia me ha dado eso, y la proposición casi filosófica que es prescindir de un concepto tan fundamental como el número uno en el teclado; me ha dado también un dolor en el brazo, el alivio de la tecla que libera los márgenes, y siempre, después de dos o tres horas de trabajo, la extraña satisfacción de notar que aquella campanita fastidiosa suena cada vez con mayor frecuencia.

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