Olivetti

Por Adriana Azucena Rodríguez

Cuando le dijeron que me gustaba escribir, mi abuelo me regaló una Olivetti Studio 44. Yo no sabía dónde ponerla porque era enorme, pesada, y hacía un escándalo insoportable, hasta que la instalé en el cuarto de azotea de la vecindad de mi abuelo. Allá nadie me oía y podía escribir toda la noche. Y escuchar música en un radio viejo, también de él.

Me gusta la computadora, claro. Casi todo lo hago ahí: veo televisión, escucho música, descargo películas, tengo unas tres cuentas de correo electrónico, estoy en cuanta red social aparece, hago tareas… pero me es imposible escribir en ella. Con tantas distracciones, nunca he logrado más que el clásico “cortar y pegar” de las tareas que, gracias a Internet y Word, sólo me toman quince minutos para seguir navegando el resto del día.
En cambio, escribir en la máquina mecánica me resulta hasta nostálgico. Empecé a escribir en la de mi mamá, la que ella usó en la secundaria: tomó el taller de secretariado y practicaba mecanografía dos horas diarias aunque la máquina se había vuelto obsoleta ya cuando ella era adolescente. La única razón era que los maestros del taller, con más de veinte años de antigüedad en su plaza, no podían ser despedidos por disposición sindical.
A mí, desde niño, la maquinaria me fascinó: cómo se movían las letras hacia el centro al oprimir una tecla, el cra-cra del rodillo al girarlo y el clac-clac de las teclas. Empecé a usarla para escribir tonterías, con sólo un dedo, por supuesto. Luego machacaba más a menudo la máquina para conservar ideas, cosas de todos los días. Una vez fui al cine y el proyector se averió a la mitad de la película; un empleado se apareció para ofrecer boletos para otra función pero los espectadores se amotinaron y exigieron la devolución del dinero. Total que no vi el final. Habían quedado sin resolverse muchas situaciones y aún estaba en edad de ir al cine sólo con permiso de mis padres, una o dos veces al mes. Casi no podía esperar para regresar a casa: tomé la máquina y me puse a escribir cómo terminaría la historia.
Escuchar las teclas me imponía un ritmo de pensamiento; el silencio y resplandor de la computadora me cohíben. Así me hice a la idea de que quería ser escritor, así muera de hambre, como dice todo el mundo —aunque ahora no sé si llegaré a serlo—. El abuelo se enteró, dijo que me apoyaba y me dejó su armatoste… una Olivetti… Ahí voy otra vez: desde hace tiempo siempre vuelvo al principio de esta historia, la máquina del viejo.
Descubrí su probable poder quizá por casualidad. Puse una hoja en blanco y escribí “El tiempo vuela y se detiene en esta máquina”. No me gustó y arranqué la hoja. Puse otra y volví a empezar, para continuar con una historia sobre un piloto de vuelos comerciales que descubre un umbral a diferentes dimensiones y debe aprender a evadir ese umbral y dejar sanos y salvos a sus pasajeros y tripulación, pues ya había tenido malas experiencias al llegar a universos paralelos en los que el país es otro país y esas cosas.

 

En eso estaba cuando noté que la música había cambiado; pero también el ruido ambiental. Me sacudí cuando puse atención a un anuncio: “…en Aldama y Mina, la esquina que domina”, dicho con voz engolada, demasiado artificial. Comenzó el noticiero: la muerte de Eva Perón. La próxima inauguración del Estadio Olímpico Universitario. Asustado, empecé a mirar alrededor: el azul verdoso de mi Olivetti relumbraba, el tacto se volvía más terso. Me asomé por la ventana: los autos estacionados eran antiguos. No tuve tiempo de preguntarme si estaba soñando; me hubiera arrodillado ante la maravilla que tenía ante mí. Escuché casi todas las estaciones de radio. No duró mucho porque terminaban sus transmisiones después del himno nacional. Pero lo supe. Era 1952, sesenta años atrás. Yo nacería cuarenta años después. Poca madre…
Vi mi teléfono celular: la pantalla estaba en blanco y no respondía. Me hubiera gustado consultar en Internet si Octavio Paz vivía en México en esos días. Afuera, unos borrachos cantaban canciones de Pedro Infante. Y hablaban rarísimo, con un acento que nunca había escuchado. Me decía: no tengo Internet pero sí podría averiguar dónde estaba la Facultad de Filosofía y Letras, quizá podría conocer a Rosario Castellanos o a Jaime Sabines. ¿Dónde andaría Rulfo? Debí salir en ese momento, pero era muy tarde y me dio un poco de miedo —debo decir que me cagaba de miedo—. También tendría que conocer a mis abuelos, que serían adolescentes —eso sí estaría chistoso—; o a una actriz buenona del cine mexicano. Podría enviar a la revista El hijo pródigo un cuento de García Márquez que casi me sé de memoria: sería divertidísimo que lo publicaran o, más chido, que lo rechazaran. También podría alertar a los estudiantes del 68: grafitearía en la plaza de las Tres Culturas: “Aquí matarán estudiantes el 2 de octubre de 1968”; pero tal vez sería inútil… En fin, pensaba en miles de cosas, mi cabeza ardía. Que amanezca ya, pensaba. Me puse a escribir un cuento: “Olivetti”, fue la primera palabra que se me vino a la mente. Y seguí tecleando hasta que me detuve por no saber cómo continuar. Saqué la página incompleta. Estaba cansado, aturdido, pero no me quería dormir. Metí otra hoja a la máquina. Comencé a escribir una lista de cosas que quería hacer en este viaje en el tiempo:
1. Visitar Ciudad Universitaria y las facultades en el Centro.
2. Conocer a Rulfo, a Sabines y a Rosario Castellanos. Y a Paz, si se podía.
3. Buscar a mis abuelos y comprobar si mi abuela era tan bonita como decían.
4. Ir al estreno de una película antigua, recién estrenada.
5. Enviar a El hijo pródigo el cuento “La luz es como el agua”.
6. Alertar a los estudiantes.
Lo pensé durante un rato y escribí:
7. Buscar cómo regresar al futuro.
Entonces ocurrió lo terrible: reconocí las canciones de mi época. Miré el celular: ya tenía señal. Estaba de vuelta… ¿de vuelta de dónde…? Busqué a un lado. Ahí estaban mis cuartillas: ya casi nada se notaba de lo que había escrito. La hoja en la máquina de escribir seguía en el rodillo, con mi lista casi ilegible. ¿Qué demonios había pasado? ¿Cómo volver a 1952? He tratado de escribir la misma frase con la que me transporté. Miles de veces. Es inútil. Quienes me han visto escribir obsesivamente esa frase me dicen que parezco Jack Nicholson en “El resplandor”. Alcanzo a descubrir en las cuartillas desdibujadas que una de las “a” está chueca. Sólo ese detalle es diferente a mi transcripción. ¿Tiene eso que ver con mi viaje imposible? Tampoco me explico cómo volví. La hoja se rompió en cuanto la saqué del rodillo. Esos pedazos de papel amarillento y con palabras totalmente borrosas son la única prueba de que estuve ahí.
Entiendo que hay una especie de revelación en esta historia absurda, real. Una revelación sobre la escritura: me importa un carajo. Mi familia teme por mi salud mental. Mi abuelo se arrepiente de haberme regalado su máquina de escribir. A mí también me preocupa lo que sucederá. Ni siquiera sé como terminar ese cuento, “Olivetti”…

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