Escrituras mecánicas y el periodismo que ya no es

Por Omar Nieto

¿Dónde estarán aquellas ansias por ganar la batalla contra la pesadez de las teclas al escribir el resultado electoral, la pelea de box, ese crimen del que todo mundo habla, lo más rápido posible? ¿Dónde habrá quedado ese triunfo que significó dominar la resistencia áspera de la Remington de las redacciones contra la escritura doméstica de la Lettera 25, casi escolar, donde muchos periodistas redactaron crónicas, columnas o reportajes en la calma de una casa con un café humeante, junto al ronroneo de un gato y poca luz? ¿Cuándo se destruyó el mundo lento de las máquinas de escribir para dar paso al fugaz universo de las pantallas palpitantes? ¿Dónde el heroísmo de hacer aparecer en el papel la correcta palabra, la sintaxis firme y la poca posibilidad de error? ¿Dónde se fue el romance de hacer aparecer el lenguaje en papel?
Porque bien podía tratarse de la novela oculta que se tecleaba mientras el jefe de información llegaba para decir con voz militar:
– Nieto, saque sus archivos… Van a lanzar a un nuevo candidato… Deje esa nota que está haciendo y póngase a teclear, ¡ya!
Bien pudo ser aquella novatada ante los reporteros del viejo Excélsior, cabrones lobos de mar, que parecían disfrutar los débiles teclazos de un principiante, esperando a mi nota que debía ir en la portada con el resultado de la final de futbol. Quizá fueron sus sonrisitas burlonas y sus desesperados zapatos sobre los escritorios haciendo apuestas de que no acabaría. Tal vez fue el nerviosismo al esperar el grito de “¡hueso!”, “¡hueso!”, “¡hueso!” del asistente de redacción que lo mismo iba por refrescos que repartía las noticias del telex –una especie de fax e impresora juntas- que telegrafiaba cada uno o dos minutos cables de agencias internacionales o de corresponsales que los de guardia esperábamos para rellenar las muchas páginas que solo los desempleados o los jubilados leían al otro día en sus casas mohosas.
Sí. Quizá era ese mundo romántico lo que me mantenía escribiendo en el periódico, en esas máquinas de escribir con rollos de cinta con tinta negra que corrían de un poste al otro, y en el que había que violentar las teclas para que los punzones se marcaran en la hoja blanca y en las dos copias de papel carbón que había debajo de ellas.
Y es que se sentía bien: apretar para hacer aparecer, aporrear para remarcar la pasión, golpear para dejar claro que la línea escrita se convertiría en recuerdo.
Para hacer aparecer la magia del lenguaje había que amartillar el carro y montar las mayúsculas. Había que apretar otra tecla para que los maquinazos continuaran hasta donde se excedía la hoja, invadiendo de letras el rodillo, queriendo dejar en claro que uno estaba concentrado y que ningún límite nos iba a impedir seguir escribiendo las palabras “amor” o “padre”, si se escribía una novela, o bien, “candidato” o “futbol”, si se hacía un reportaje.
En aquel tiempo, los dedos sin mancha de tinta o corrector líquido eran sinónimos de rigor.
En los tiempos de la máquina de escribir las frases tenían que aparecer primero en la mente, y luego de un suspiro, aparecer en el papel. Uno tenía que pensar antes de escribir. La única fractalidad era la de la hoja rota en la cara del aprendiz por parte del director del periódico si algo estaba mal escrito o se falseaba alguna información.
Era una falta de respeto poner al linotipista a trabajar en balde. Una de las dos copias que transcribían las hojas al carbón iba directo para él. La otra era para el archivo del jefe de redacción y la original para uno mismo. El linotipista entonces establecía a través de sus sempiternos lentes gruesos una guerra contra la falta de ortografía, que era la excepción y no la regla. Aquellos hombres eran rápidos, veloces, casi mágicos. Antes de que la madrugada cayera en espera de las placas definitivas que las rotativas reproducirían en miles de pliegos incólumes, ellos ya estaban con sus suéteres en la mano, de camino a su casa, con la satisfacción de quien rescató el trabajo de todos.
El linotipista era un corrector de galeras poseedor de las artes más perfectas de la escritura. Y así se hacía Excélsior, El Universal, El Nacional, El Día, La Prensa, El Heraldo de México, Novedades o El Sol de México.

Diarios
Pero esa no fue mi entrada a la parte oscura del periodismo. En aquellos años en que se fundó la Dirección General de Medios Impresos de la Secretaría de Gobernación, el Hijo del Gran Periodista me puso a prueba.
– ¿Con que eres muy chingón, no? –me dijo la primera vez que estuvimos de frente.
Se había enterado que llevaba tiempo publicando entrevistas en una revista musical y le daba risa esa clase de periodismo.
– Toma un papel. Allí hay un lápiz. Aquí hay una información que hay que filtrar. Hazte un boletín de prensa o una nota. Hazlo a mano. Nada de máquinas de escribir. A ver si es cierto. Éste es Marco Antonio García Granados, mi asesor. Cubre la Presidencia de la República para Excélsior. Él checará tu nota. Si le gusta, entras; si no, allá está la puerta.
Estaban serios. Como los despiadados periodistas de antes. Apenas si movían los labios. Escribí como pude. Ojalá hubiera tenido una Lettera o una Remington a la mano. Pero entregué en unos 20 minutos mi nota. La miraron. Se la pasaron el uno al otro. El probable pariente de la familia de periodistas Granados, me dijo, rojo de ira:
– ¿Tú escribiste esta chingadera?
– Sí, señor –respondí, titubeando.
– ¿Y así te dices periodista?
El asunto era conservar al menos la dignidad. Mis puños estaban a punto de reventar, hasta que una carcajada sorda me hizo aflojarlos.
– Era una broma, hijo. Escribes muy bien. Te hace falta fogueo, pero no está mal. Preséntate mañana.
Luego vino Excélsior, las elecciones, Notimex, La Prensa, y tantos otros. También las computadoras. Vendría el tiempo de abandonarse a un camino oscuro, al que solo le daba luz el recuerdo de aquellos primeros cuentos publicados en el periódico Voces de la Noche, de Puebla, a las 13 años de edad, de los que conservo sus copias al carbón, pero no los ejemplares.
Quizá todos estos recuerdos me han hecho hoy confeccionar estas líneas en máquina de escribir, para volver a sentir todo aquello, para volver a vivir lo que sentí cuando era niño. Hacerlo en máquina mecánica para luego pasarlo a computadora y ser publicado. Qué extraño. De aquellas escrituras mecánicas sólo queda el recuerdo. Y el aporrear los teclados de las computadoras o laps para sentir que estoy escribiendo. De aquella vieja Lettera 25, quizá la sensación de pureza. Esa que definitivamente se fue hace más de 20 años.

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