THIS MACHINE KILLS FASCISTS

(1er manifiesto psicotropical / preludio a La rebelión de los negros)

Javier Raya

This machine kills fascists

1.

Bob Dylan andaba ya desde hace tiempo tras la pista de Woody Guthrie. Luego de una carrera breve y meteórica, el mítico cantante de folk había desaparecido de la noche a la mañana de la escena pública.
Guthrie era lo que llaman “un patriota”. Había cantado las grandezas del Destino Manifiesto en “This Land is Your Land”, y peleaba desde la canción las batallas que los soldados estadunidenses peleaban por toda Europa el frente. La muerte había sido una experiencia muy real para la generación de Guthrie, para quienes los fantasmas de la guerra todavía arrastraban cadenas en la memoria. Su fama había caído en el letargo, pero Dylan y unos pocos entusiastas le seguían las huellas.
De Bob Dylan (neé Robert Zimmerman) hay poco que decir en 1961: sólo ha escrito dos canciones, pero las canta en cualquier lugar donde lo dejen, además de un amplio repertorio de canciones tradicionales, algunos roots y gospels, algunos blues y muchos covers de Guthrie.
La foto que Dylan llevaba en su cartera mostraba a Guthrie bajo la luz de plata con los ojos entrecerrados, la mirada baja, el mentón fuerte, camisa de leñador sobre el cuerpo hirsuto, con la guitarra sostenida a la mitad del pecho, como un hacha manejada con soltura. Tal vez estaría cantando una canción sobre los mineros que quedaron atrapados en un derrumbe, o sobre los niños Floyd que murieron en el incendio de su granja. Quién sabe. En el cuerpo de la guitarra se lee “THIS MACHINE KILLS FASCISTS”, un lema probablemente más adecuado para el alerón de uno de los aviones caza desplegados en el Pacífico Sur, o para una ametralladora Springfield.
Dylan la vio o la supuso ahí, metida en su estuche negro —con aires de ataúd—, al fondo de la habitación de Woody en el hospital Greystone Psychiatric de Nueva Jersey, como el arma de un mafioso de Chicago durmiendo el sueño ligero de las armas.
Dylan tocó un par de temas, entre ellos “Song to Woody”, eso lo sabemos bien. También que el encuentro tuvo lugar en 1961. Hay una versión de “Song to Woody” donde se puede escuchar el cuaderno de Dylan crujir suavemente detrás de la música. Dylan contó a través de los años que a Woody le gustó su interpretación. Lo único que consta es que Woody escribió “Aún no estoy muerto” en el autógrafo de la foto. Dylan aún no lo sabía, pero esa frase le estaba salvando la vida.
En una de las fastidiosas entrevistas que lo agobiaron durante su carrera, con aquello de ser la voz de una generación, Dylan diría que sus canciones “fueron las únicas palabras que pude encontrar para separar la vida de la muerte.” Quería, como Guthrie, delimitar temporalmente una zona autónoma donde la muerte no tuviera poder: una canción: una cosa que se ponía de pie por sí misma, como decía su héroe Rimbaud. Woody quería matar al fascista que cada estadunidense llevaba dentro mediante una operación espiritual: construir un monumento a la americanidad en el corazón de cada persona, y como se propuso redimir personalmente a cada uno, escribió miles de canciones, muchas de las cuales no se grabaron nunca. Desde la trinchera de sus canciones, Woody Guthrie se propuso ganar la guerra él solo. Bob Dylan lo seguía de cerca, tomando notas.

UNSPECIFIED - CIRCA 1940:  Photo of Woody Guthrie  Photo by Michael Ochs Archives/Getty Images
UNSPECIFIED – CIRCA 1940: Photo of Woody Guthrie Photo by Michael Ochs Archives/Getty Images

2.

Pues si una máquina, el Exterminador, pudo aprender el valor de la vida humana, tal vez también nosotros podamos.
-Sarah Connor, Terminator 2

Las máquinas ganaron el día que los humanos comenzamos a comportarnos como máquinas. Al principio nadie parecía darse cuenta, pero con el paso del tiempo fue notorio que en el lapso de unas pocas generaciones, la especie había perdido todo orgullo por la hazaña civilizatoria y había optado por la racionalización a ultranza y la eficiencia en todo su esplendor: había logrado instalar en sí mismo todas las virtudes de la máquina y borrar todos los defectos del homínido. Al observarnos desde el futuro nos daremos cuenta de que esta fue la bisagra que torció el rumbo; sólo entonces sabremos si fue el camino correcto.
Por humano entendemos: una prótesis del gadget, un añadido que extiende el rango de acción de la máquina. Administradores de notificaciones, nos dicen en algunos instructivos, las nuevas biblias de los objetos. Durante años hemos recibido el nombre genérico de “usuario”, cuya identidad se define como indiferente. A fuerza de mapear el territorio, terminamos recorriendo mapas sin aventurarnos nunca al territorio. Como en todo acto de conquista, los límites y las fronteras son delimitadas (aquí va la vida, acá va la muerte) por el vencedor; y en este caso, el vencedor es la realidad expandida de los objetos que denuncian lo real oculto en todas las cosas, presentándose a los humanos como apariciones misteriosas del pasado o del futuro. Esta máquina vino del futuro.
La vi entre el trasterío, en el mercado de pulgas del 2 de abril. La tenían adentro de su caja. El chico que atendía el puesto ni siquiera estaba seguro de qué tipo de cinta usaba. La probé y funcionaba perfectamente. El precio era irrisorio, apenas un 10% de lo que se suele pedir por una Remington en buen estado en las páginas de segunda mano. Probablemente quise ver en la máquina algo que deseaba para mí mismo: durante los siguientes dos años me di la misión de utilizar la máquina como si fuera un costal de box, o como un medio de transporte de ida y vuelta al pasado y al futuro. Para poner un grito de guerra en el lugar donde iba mi nombre. En suma, para ponerme a matar fascistas.
El nombre de la misión me lo había facilitado mi amigo Edgar Khonde unos días atrás: La rebelión de los negros.

3.

Se trata de una vocación generosa: insuflarle vida a las máquinas, pulir la superficie que las cubre hasta que en cada cosa florezca un espejo. Google dice que soy una Quiet-Riter, probablemente del 58, a juzgar por la maleta transportadora. Estoy en buen estado, tengo todos mis tornillos (¿las máquinas harán chistes?), no me falta ninguna pieza. Seguramente en mi tiempo conté muchas historias, tejí con mis manos de araña muchas cartas. Tal vez pertenecí a un periodista o a una secretaria.
Puesto que la máquina es una extensión del cuerpo, la máquina se vuelve también una extensión del deseo del cuerpo deseante. Porque no existe deseo al margen de un cuerpo: el cuerpo es precisamente el margen y el tener lugar de ese deseo. Y aunque el “sistema de los objetos” pueda convertir a cada cosa en un mapa o un pequeño fractal ideológico que denuncia los rasgos de su época (del astrolabio al iPod, del ábaco a la máquina de escribir), el hombre nunca podrá darle alma a los objetos. Se parece a su creador en todo menos en eso: en la capacidad para crear instrumentos capaces de replicarse a sí mismos.
La máquina de escribir es la prótesis del deseo de reproducir la propia falta (falta que denuncia la consistencia misma del autor) de esa presencia insoslayable que hay detrás de todo lo creado, y donde la impronta se vuelve aire, aura, familiaridad con lo que da origen: esa podría ser la diferencia entre una máquina de escribir y una piedra, que cada una denuncia y encarna a su modo la particular angustia de sus creadores.
Tal vez pertenecí a una estudiante de secundaria que me llevaba arrastrando por los pasillos de la escuela, como una bala de cañón. Me golpearon y me golpearon y nunca lograron extenuarme. Aún tengo un par de libros dentro de mí antes de despedirme, lo sé. Porque al igual que el humano se refleja en la máquina, la máquina le devuelve una nostalgia por algo de sí mismo que le parece inadmisible: la inminencia de la vejez, el hálito pútrido de la muerte. La máquina le recuerda al hombre su propia obsolescencia. Y de ese juego de temores extraen un valor escaso, pero valor al fin.

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2 thoughts on “THIS MACHINE KILLS FASCISTS

  1. Reblogged this on Ingeniería de la escritura and commented:
    «Esta máquina vino del futuro. La vi entre el trasterío, en el mercado de pulgas del 2 de abril. La tenían adentro de su caja. El chico que atendía el puesto ni siquiera estaba seguro de qué tipo de cinta usaba. La probé y funcionaba perfectamente. El precio era irrisorio, apenas un 10% de lo que se suele pedir por una Remington en buen estado en las páginas de segunda mano. Probablemente quise ver en la máquina algo que deseaba para mí mismo: durante los siguientes dos años me di la misión de utilizar la máquina como si fuera un costal de box, o como un medio de transporte de ida y vuelta al pasado y al futuro. Para poner un grito de guerra en el lugar donde iba mi nombre. En suma, para ponerme a matar fascistas.»

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