Olivetti

Por Elizabeth Flores

Tuba mirum spargens sonum

Per sepulcra regionum
Coget omnes ante thronum.

Mors stupebit et natura
Cum resurget criatura
Judicanti responsura.

Me salgo de mí. Veo con horror las hojas sueltas manchadas de tinta, la sangre negra que he obligado a derramarse sobre ellas. Me miro en la penumbra de la vela de sebo, hecha con la grasa del cuerpo de un animal, un cerdo, quizá. Veo, con una sensación cercana al asco, las teclas de la máquina de escribir Olivetti manual, modelo 735N o algún número cercano que se ha metamorfoseado en éste. Mis manos sudan sobre las teclas: tengo miedo. Ese que está allí sentado desde hace tres días, sin poder moverse, soy yo.
No lo creo. Yo me estoy mirando desde aquí, desde esta cómoda ventana que da a la calle. Observo a ratos el techo que me cubre, a ese otro yo que no consigue moverse. Tengo miedo, ya lo dije. Pero no soy yo quien tiene miedo. Yo soy libre, tengo alas. Mis alas son de ángel: negras y lustrosas, se mueven rítmicamente abrazando el viento que las llama por su nombre: alfabetagammadelta, o si no, alephbethgimmeldaleth hasta la omega y comenzar de nuevo. El viento que suena en mis oídos es una ola, con todo y sus sirenas y sus gemidos. El mar.
Sigo en la ventana, me miro sin cansarme. Estoy llorando, pero aún no puedo moverme, las teclas negras, el cuerpo negro de la Olivetti es un monstruo involuntario, un semen de horror indefinido e inacabado. Mis dedos, acostumbrados a la caricia repentina de la negrura de la e ahora rasguñan el bajorrelieve, queriendo borrar poco a poco su existencia, al menos por esta noche. La noche no es el horror. El día llega con la contundencia de la pesadilla. Extiendo las alas en esta medianía de la preaurora. La luna es una puta cansada que se sabe hermosa: brilla sólo por provocación, con tedio abre las piernas y llena la noche de su aroma.
El día se demora. La oscuridad de la noche vuelve más brillante la luz de la vela. Los 40 ladrones festejan y se reparten el botín de oro y mujeres, mientras yo sigo llorando, sentado en un rincón. Muñeca fea. Efebo. Alicia. Los minotauros y sus laberintos. Ariadna, claro. Todos han llegado. Todos ríen desde sus moradas ficticias, desde sus residencias de papel: exultantes de felicidad. Mi madre no me lo enseñó: la vida no tiene final feliz. La Olivetti calla. Su tacataca se ha interrumpido ahora que lo necesito para silenciar las voces de los felices. Aprieto teclas al azar. Recuerdo mis clases de piano, intento un preludio recordado al vuelo: ckhk veie bkhk neie mkhk akhk zeie… no suena igual…

Black Olivetti

Silencio de nuevo. El reloj tiene miles de manecillas que dan vueltas, enloquecidas, a la eternidad de su rostro. De cualquier forma, el día siempre llega. La sombra sigue allí. Tiene mis ojos, cualquiera diría que es un espejo. Sus ojos no tienen expresión: debe sufrir.
Cierro los ojos y vuelvo a soñar: soy un escritor fracasado del siglo XIX, tengo un arma en la mano y lloro mi propia muerte antes de que acontezca, nadie la llorará después. El gatillo del arma es más resistente de lo que parece, no tengo fuerza para hacerlo, me acerco a la ventana y miro la noche, miro de nuevo la luna, por última vez, me digo, y entonces despierto, estoy de nuevo frente a la Olivetti negra que me regalaste y me dan ganas de vomitar.
Tus manos tocaron el teclado. Lo acariciaban como si fuese mi cuerpo. Llegué a sentir celos. Entonces me la regalaste, me hiciste el regalo de tus letras. Nunca la usé, hasta ahora, hasta hace tres días que me senté frente a ella tratando de entender. Velas de sebo y una Olivetti negra. Además de la ventana, es lo único que me queda de ti.
Ahora me parece que duermo. He cerrado los ojos y sin embargo me observo. Sé que he envejecido. El viento es frío. La madrugada se cobra sus víctimas, como aquel pájaro que ha muerto sin despertar. Mis alas me cobijan, el frío me ha hecho fuerte y me acompañará cuando ya no esté. De nuevo escucho una ola. He perdido interés en mirarme. Mi cabello es gris. El sol no tarda y tengo que irme. La ventana ha estado abierta tres días y tres noches. ¿Habré resucitado?

Cuento del libro de cuentos Punto de fuga, de Elizabeth Flores, publicado por Editorial Ficticia.

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