Silenciosa ruidosa

Por Iliana Rodríguez

Para Rosario Covarrubias, quien me regaló esta máquina.

Tecleo estas líneas en Negra, mi máquina de escribir, una Remington Rand modelo 1. Posee un brillo perdurable. Portátil, rediviva, moderna en su paradójica antigüedad, me ofrece mundos posibles, cuyos mapas aparecen en la hoja a medida que el rodillo da vuelta. También pienso a veces que ese rodillo pertenece a una caja de música que, poco a poco, desvela inauditas melodías.
No me la heredaron, pero lo sé todo sobre ella. La fabricaron en Estados Unidos. Sería en abril de 1936, según se deduce en los catálogos disponibles por su número de serie: P53276. Costaba 60 dólares. Dicho precio se debía a que en enero de 1934 había desaparecido la variedad sin tabulador de esta portátil, la que costaba inicialmente los 60 dólares. Las equipadas con tabulador valían 65, pero después de la descontinuación de las primeras, el precio de la variante sobreviviente, la de tabulador, bajó a 60. Mi máquina tiene tabulador, que es como decir que puede parcelar el caos. Meterlo en cosmos. Es posible ordenar el mundo con su tecla roja.
Tiro de su palanca cromada y el rodillo gira para avanzar al siguiente renglón. Imagino, mientras escucho su golpeteo de lluvia, que compré esta Remington Rand modelo 1 en Macy’s. Allí comercializaron algunos especímenes de su raza sibarita. También en Macy’s yo me compraría un abrigo y unas medias americanas. Pero no pudo ser así. Aunque “Made in USA”, mi máquina escribe en la barroca, hermosa lengua de Cervantes: posee letra ñ, tilde, diéresis y teclas rotuladas con las leyendas “retroceder”, “cerradero de mayúsculas”, “mayúsculas” y “soltador del margen”.
En México, en 1936, el dólar todavía estaba a 3.50 pesos. Después de la Expropiación Petrolera, subiría a seis. Aquí, la máquina me habría costado más de 210 pesos, pues su precio seguramente se elevaría por la importación. Quizá la compré en un almacén del Centro. Quizá la adquirieron en otras tierras y la trajo aquí algún extranjero, digamos algún hispanohablante.
Negra —la llamo así por su color o quizás en lejano recuerdo de Toña La Negra, tan famosa por aquellos años en México— produce aún un discreto golpeteo. Silenciosa ruidosa: con este oxímoron la describieron poéticamente sus fabricantes. Cuando se produjo este modelo por primera vez, en febrero de 1933, ya se habían inventado las máquinas silenciosas. Pero la innovación no fue bien recibida. Así que los productores tuvieron que permitir que el viejo ruido del teclado resonara de nuevo. La Remington Rand modelo 1 se concibió como una portátil semisilenciosa.
Al escribir en Negra, imagino que mis abuelas mecanógrafas —secretarias, periodistas, escritoras—, frustradas por el silencio, terminarían por teclear con furia. Extrañarían el ruido que les permitía sostener un ritmo adecuado de trabajo. De manera fatal, arruinarían sus máquinas. También sus ideas, sus dedos y sus uñas. No puedo entonces evitar mirar mis propias uñas: tengo una rota, seguramente desde esa época… No me importa. El teclado de Negra me permite escribir muy rápido, aun con la uña rota. Supongo que mis letras se fijan con celeridad gracias a la prodigiosa maquinaria restaurada.
En la hoja en blanco o pantalla cinematográfica de mi imaginación, aparezco ante mí misma con un peinado alto que me coge todo el pelo en la nuca. Uso labial oscuro, dramático —no sé de qué color, pues me veo en blanco y negro—, vestido, medias, elegantes tacones y un sombrerito. Claro, llevo puesto el abrigo que me compré en Macy’s. Transporto mi máquina de escribir en su maletín original, negro también. Tiene asa, bisagras, es rígido y está forrado de algo como piel. La máquina me resulta un tanto pesada, sobre todo porque voy balanceándome sobre los tacones. Pero no me arredro.

Soy una mujer que escribe en este año de 1936, cuando todavía no es tan común. Soy una repórter o una novelista. Una Margaret Mitchell con el tobillo roto (mi máquina podría ser políglota o, por lo menos, bilingüe). O una Nahui Olin, poeta vanguardista que también gusta de autorrepresentarse desnuda en sus pinturas y posar para fotógrafos. En esta hoja o mapamundi de supuestos, descubro que también pude haberme llamado Elena, pude haber tecleado en Negra mis Memorias de España 1937, ya de vuelta con ella en mi ingrato país. El país que se daría el lujo de olvidarme.
O pude haber sido un hombre que tecleara con eficiencia en Negra, la sensual. Un escritor que creara con ella un Homenaje a Cataluña y luego viera en sueños una granja que los cerdos gobernaban. O pude haberme hospedado en la legendaria habitación 511 del Hotel Ambos Mundos en La Habana. Ahí pude haber escrito en Negra sin parar, recordando los brillos de muerte del río Ebro. O pude haber venido a México desde mi Rusia, solo para morir de una herida que me infligieran en mi estudio —frente a mi enmudecida máquina— en una casa amurallada, junto a otro río.
Pero todo esto es lo que pudo haber sido y no fue. Lo cierto es que Rosario me regaló esta máquina en 2004, año en que la rescató. La pudo haber comprado en una casa de antigüedades de su querido Coyoacán. La pudo haber comprado por Internet, aunque no lo estila, casi a su precio original en dólares: 64.95. Lo cierto es que la compró en un mercaducho informal, al oriente de la Ciudad de México.
Rosario iba caminando pensativa bajo su boina, en el sudor del mediodía, cuando levantó la vista. La encontró ahí, en el piso, ultrajada. Estaban usando a la máquina como piedra o peso para sostener la cuerda que tensaba una lona. Vendían piezas inútiles de aparatos, juguetes sucios, basura. Bajo el polvo, Negra gritó: la silenciosa ruidosa. Rosario la escuchó. Le pedían 75 devaluados pesos, pero ella, para vengar a Negra, les dio solo 50. O tal vez porque no había más dinero.
Luego me la regaló. Fue un regalo prodigioso. Yo hubiera querido ignorar la manera en que Negra llegó a mí. Pero creo que todo lo que he oído en el rumoreo de su teclado es cierto. Yo recorrí con Negra el lejano país del Tata Cárdenas, ese país mío que no existe ya más que en la memoria o en la imaginación. Yo crucé con Negra los mares, soñé una isla, defendí una república, viajé con ella por este mundo incomprensible.
Negra ya fue restaurada. Le compusieron la barra espaciadora y le repusieron una de las cuatro gomas de sus pies. La limpiaron y la lubricaron. Funciona perfectamente. Eso sí, le falta una tapa de la cinta entintada, ausencia que ella luce como una sombra que pudiera pertenecer a cualquier cuerpo. Ahora la máquina se encuentra en un lugar privilegiado de mi casa, sobre una alfombrilla de fieltro, lista para murmurar palabras.
El rodillo gira de nueva cuenta y el mapa se sigue revelando ante mis ojos ávidos.

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