Mis máquinas

Por Armando Alanís

Un día, cuya importancia no supe calibrar en ese momento, papá llegó a casa con una máquina de escribir portátil, marca Olympia, y un manual para aprender a escribir con ella. Mi hermano y yo la compartiríamos.
Pronto, mi hermano desistió. Pero yo seguí entregando a papá las planas con los ejercicios. Recuerdo bien aquella máquina: pequeña, negra, de teclado poco amable. Recuerdo las cintas de color negro o bicolores –negro y rojo– que compraba en la papelería Ordóñez, a unas cuadras de nuestra casa, cruzando la Alameda. Costaban veinte pesos o algo así. También compraba papelitos correctores y correctores de tinta con su pequeña brocha; estos últimos aún los venden en las papelerías.
Terminaba la secundaria en un colegio de Saltillo, mi ciudad natal. Ya había escrito algunos cuentos durante mi infancia y primera adolescencia, y hasta una novelita policiaca que se desarrollaba en Nueva York, ciudad que no conocería sino hasta muchos años después, pero aún no se me ocurría dedicar mi vida a contar historias por escrito. Fue con esa máquina portátil que empecé de veras a escribir, unos años después, cuando estudiaba en el Tec de Monterrey la carrera de ingeniero bioquímico, primero, y en seguida la carrera de ingeniero en sistemas computacionales (el Tec contaba con una sola y primitiva computadora que ocupaba todo un cuarto). No pasaría del primer semestre en ninguna de las dos carreras, porque en vez de entrar a clases prefería meterme a la biblioteca a leer libros que ahí encontraba y que despertaban mi interés. Elogio de la locura, de Erasmo de Rotterdam; La muerte tiene permiso, de Edmundo Valadés, y El llano en llamas, de Juan Rulfo, autores de los que nunca había oído hablar, fueron algunas de mis lecturas. Y fue leyendo esos cuentos de Rulfo, que se me ocurrió que no sería mala idea si yo también me ponía a escribir historias breves. Las escribía a mano, en un cuaderno, y luego las pasaba en limpio con mi máquina Olympia. Mi primo Gerardo, que ahora es un gran pintor y monero en El Norte de Monterrey desde hace muchos años, fue mi primer lector y uno de los críticos más severos que he tenido en mi vida. Pero también me animaba a seguir escribiendo: “Le voy más a un escritor que a un ingeniero”, decía. El cuarto que me tocó compartir con un estudiante de agronomía, que ponía por las mañanas, en su grabadora, canciones norteñas, fue mi primer estudio. (Me siguen gustando las canciones norteñas.)

Armando Alanís
Recuerdo el artículo sobre cómo alcanzar el éxito, que escribí como si yo tuviera la fórmula, y que me publicaron en El Porvenir, por entonces el mejor periódico de Monterrey, y mis primeras colaboraciones en el periódico Vanguardia, de Saltillo. Eran éstas últimas cuentos muy breves, lo que ahora llamamos minificciones, escritos todos a mano y pasados en limpio en mi Olympia. Más tarde, cuando me trasladé a la Ciudad de México a estudiar la carrera de Comunicación, mi máquina me acompañó. Pronto tendría otra, un poco más grande y moderna, de la misma marca. Era una Olympia eléctrica, que tenía un par de ventajas con respecto a la portátil: las teclas estaban más suaves y escribía de manera, digamos, más uniforme. Era la que usábamos mis compañeros de la universidad y yo cuando hacíamos trabajos en equipo. Esta segunda máquina me sirvió para pasar en limpio mi segundo intento de novela: una historia de terror. Leía algunos capítulos a los compañeros que vivían conmigo en una residencia de estudiantes; un austero edificio de ladrillo, que había sido seminario. Una noche, interrumpí de pronto mi lectura y dije que hasta ahí llevaba escrito. “¡En lo más interesante!”, se lamentó uno de ellos, golpeándose la frente con la palma de la mano. Ese ha sido uno de los mayores elogios que he recibido en mi accidentada carrera de escritor.
Concluidos mis estudios de Comunicación, me casé y me fui con mi mujer a España, a estudiar un posgrado en la Universidad Complutense de Madrid. Como la Olympia eléctrica era un poco grande, me llevé la portátil. Esa fue la que me sirvió para seguir escribiendo cuentos en la mesa del comedor del departamento que rentábamos.
Confieso con tristeza que no conservo ninguna de aquellas dos máquinas de escribir. No sé qué pasó con ellas, pero hace muchos años que ya no están entre mis pertenencias. De Madrid regresamos a Saltillo, y ahí empecé a escribir en la que fue mi primera computadora, la misma que me llevaría ocho años después a la Ciudad de México, donde aún vivo. Los cuentos de mi primer libro publicado, La mirada de las vacas, ya los pasé en limpio en esa computadora, aunque alguno databa de la época de mis Olympias, como “El refugio de la araña”, que me publicó Valadés en su revista El Cuento.
Seguía escribiendo a mano las primeras versiones de mis cuentos y novelas. Así fue durante años. Ahora escribo directamente en mi laptop. O en el “cuaderno de notas” del iPhone, donde anoto todo tipo de brevedades. También he escrito ficción mínima en Twitter y en Facebook. Son otros tiempos, para bien o para mal.

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