Sobre escrituras mecánicas y teclados aéreos

Por Omar Villasana

La máquina de escribir tiene esa pátina de instrumento musical, hasta el color de sus teclas concuerda con el marfil y ébano de los pianos; a fuerza de golpes sincopados me esforzaba por no caer en la cacofonía de las teclas que tarde o temprano terminaban por atascarse cuando la velocidad y el ritmo rompían su armonía.

La memoria externa que es Google me permitió recobrar la imagen del instrumento que me enseñó a compaginar caracteres sobre esa partitura que era el papel: una Remington 15 portátil de tapa anaranjada.

Remington 15
Con vaguedad recuerdo su jubilación, arrinconada en algún clóset de casa de mis padres. Al tiempo que comenzaba a dominar la mecanografía irrumpió en casa a mis doce años de edad lo que en los ochenta se conocería como la computadora casera, antecedente de lo que después se llamaría computadora personal. Era ese pequeño artefacto una Atari 400 con teclado de membrana que no permitía el encono del teclado mecánico, pues a la menor provocación podía repetir una letra ad infinitum. Ello quedó confirmado cuando intenté reproducir mis ejercicios mecanográficos en el rudimentario procesador de palabras que se desplegaba en la pantalla azul del televisor.
Todo equipo electrónico está llamado a la obsolescencia esa primera computadora no fue la excepción, al poco tiempo se vio reemplazada por una Atari 800XL y ésta por una serie de equipos Apple que poco a poco silenciaron los golpeteos de la Remington de tapa roja que a veces salía de su retiro cuando era necesario llenar algún formato urgente.

Mis primeros textos en aquellos teclados electrónicos no fueron cuentos ni poemas, se trató de programas de videojuegos que se perdieron irremediablemente en cintas de audiocassette donde eran almacenadas.
No creo que el teclado de las computadora carezca de personalidad, en tenues acordes es capaz de engendrar en la pantalla lo que antaño imprimíamos directamente en el papel. En algún momento decidí que también era posible poblar de historias y versos esas pantallas que guardaban comandos precisos para ejecutarse por un compilador.

Teclado aéreo

Incluso suelo escribir en los teclados aéreos de las tabletas o los teléfonos inteligentes, pero debo confesar que los primeros poemas que escribí los hice a mano y los guardaba celosamente para que nadie los leyese. La novia a quien le había dedicado la mayoría de ellos decidió (hace muchos años) en un acto de amorosa reciprocidad transcribirlos a máquina. Sus hojas amarillentas guardan sin recato una época si acaso no más feliz por lo menos de una pureza que en ocasiones desearía que estos teclados aéreos pudiesen reproducir.

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