Thompson and Thompson: mercader de antigüedades

Por Asmara Gay

 

Nací en la ciudad de Nueva York en el año de 1932. Mi padre era un hombre grande cuando me creó, John T. Underwood. A él le gustaban las máquinas y los helados y fundó la compañía que lleva su nombre en el año 1895. Pero nada de esto es relevante para lo que quiero contar. Lo único significativo es que yo también me llamo Underwood y que tengo una historia.

Durante unos años, pocos, viví en la tienda de antigüedades de Mr. Thompson, que se ubicaba en Lawrence Street en el número 425. No sé si la calle siga existiendo, pero en aquel entonces era muy concurrida porque era la arteria comercial del barrio. Estaba muy feliz el día que Mr. Thompson me llevó a la tienda. Me sentó sobre su escritorio de nogal, introdujo una hoja blanca en mi rodillo y sonrió. Luego se puso a limpiar sus objetos con esmero y a atender a los pocos clientes y amigos que lo frecuentaban.

Pasé varios días en la misma posición y a la espera de que se decidiera a usarme. No obstante, yo seguía contento, pues todo lo que me rodeaba era de gran valor y yo era lo más nuevo que había llegado a aquel sitio. Cuando al fin se sentó delante de mí, Mr. Thompson escribió, dudoso, lo siguiente: LKAKJFIOQÑERIOA LÑZASKLAHDKAS… Ya comprenderán la frustración que sentí cuando arrancó la hoja, la arrugó y la lanzó al bote de basura que estaba al pie del escritorio. Ciertamente, Mr. Thompson no tenía buen carácter —díganmelo a mí, que padecí sus golpes en mis teclas—, tal vez por los pocos clientes que tenía, o simplemente porque así de peculiar era su forma de ser.

En fin, desde aquel día, por las tardes, después de comer y echarse una siestecita, Mr. Thompson se preparaba un café y dejaba caer sus largos y gruesos dedos sobre mí. Le gustaba escribir las historias de sus antigüedades, quién o quiénes eran sus creadores, cuándo las habían realizado, cuántos dueños habían tenido y el especial modo en que las había conseguido. Me quedaba claro que le apasionaba su trabajo. Las arrugas de Thompson se alargaban y contraían conforme escribía, la pupila se ensanchaba y su boca, a veces, se mantenía abierta por un rato considerable mostrando sorpresa o leyendo lo que había escrito.

He de decir que fue gracias a esto, que constantemente hacía Mr. Thompson, que aprendí a leer —porque, aunque no lo crean, por más que tuviera letras en mi cuerpo, yo no entendía lo que escribía—. Por otro lado, no puedo afirmar que fuese verdad o no todo lo que contaba y tampoco sé la razón por la que necesitaba escribir tales relatos, si para añadir valor a sus antigüedades, para venderlas junto con la descripción o para publicar en algún lado su escrito. Lo que sí sé es que después de escribir —cuando las hojas no terminaban rotas o arrugadas en el cesto de basura—, en su rostro aparecía una enorme expresión de júbilo y entonces iba por un coñac y por un puro para deleitarse con lo que acaba de hacer, y volvía a leer todo el relato, pero esta vez en voz alta.

De todas las historias que escribió Mr. Thompson, una sola me estremeció y me hizo temer por mi integridad y por la de él. Fue la última. Se trata del relato del busto de Victor Hugo que le hizo Jean Bulio en 1880. Ahora, al rememorarlo, me doy cuenta de que flaqueo al tratar de ser yo quien cuente la historia, de ofrecer una narración resumida de lo que aconteció. No puedo… Mis teclas tiemblan y estoy sudando, así que dejaré que mi memoria hable y sea el propio Mr. Thompson, tal como lo escribió, quien relate una vez más aquella escalofriante narración.

Jean Bulio. Busto de Victor Hugo. Bronce con pátina café. 28 cm. 1880. Compra: John Thompson & Thompson. 2 de noviembre de 1934.

Hoy hice la cosa más tonta que he hecho en mi vida. Pero ya está hecha. No daré pasos para atrás. Con todo, tengo que hacer el registro de la compra, aunque sé que esta vez quedará en resguardo junto con el busto, al menos un tiempo. De haber sabido que Alexander me entregaría la pieza en esas condiciones, no habría pagado ni un céntimo por ella, pero no me ha quedado más remedio, porque ya le había dado la mitad del importe… Sé que no es correcto y me remuerde la conciencia, pero no tengo opción. Por supuesto que Smith trató de que no se notara, pero todos saben lo delicado que es el bronce y muchas veces la sangre persiste en la superficie. No le pregunté nada. Además, lo noté cuando se había ido. Tampoco fui a reclamarle ni llamaré a la policía. No quiero saber algo que me ponga en peligro o que me vincule a ese asunto.

21 de noviembre de 1934. Smith vendió todo y se largó a Chicago, al menos eso dijo. Limpié con cuidado la sangre que faltaba, pero he tardado en desaparecer todas las manchas. Han sido varias las veces en que he sacado el busto (lo tengo encerrado en la caja fuerte con la esperanza de que pase más tiempo y ya pueda sacarlo a la venta) y lo he limpiado tratando de no lastimar la pátina. Está quedando bien, no me puedo quejar. Pero quisiera que esta agonía en que vivo pasara rápido. Pienso en Smith, en Victor Hugo, en el mismo Bulio… En ocasiones también sueño con la esposa de Smith: se detiene en la acera, frente a la tienda, me mira…, me mira como si yo fuera un busto de mármol, frío y sin alma.

27 de noviembre de 1934. Algo en mi interior no me deja poner el busto de Victor Hugo sobre el escaparate que da a la calle, así que lo he dejado sobre una columna de mármol, muy cerca del Eros y Psique que tengo de Rodin, y desde ahí lo contemplo todos los días. Aunque, a decir verdad, muchas veces siento que es él quien me contempla y me juzga. Sabe lo que ha pasado, sabe que callo, sabe que es por dinero y eso no me deja dormir.

1 de diciembre de 1934. Al principio todo iba normal, como cualquier pieza que adquiría, pero mientras más lo observo, me doy cuenta de que no es así. La mirada de Victor Hugo, otrora generosa como lo había sido en vida, destella una rabia que no alcanzo a comprender. Es como si todo lo que está a su alrededor le causara enojo, como si el lugar mismo en que lo he puesto le desagradara de una manera terrible. Intenté ponerlo del lado contrario de la habitación, lo coloqué en la mesa principal, lo dejé en un rincón donde no pudiera verlo y hasta lo guardé de nuevo en la caja fuerte. Todo ha sido inútil. Su mirada me persigue. Es como si un feroz Victor Hugo estuviera vivo, como si hubiera regresado del infierno solamente para delatar mi complicidad con Smith, para decirle al mundo que no está bien lo que he hecho. Estoy seguro que quiere acabar conmigo.

3 de diciembre de 1934. Al final, decidí dejar la pieza en el primer sitio en que la había puesto, junto a Eros y Psique. Sé que lo que voy a contar a continuación no podría afirmarlo frente a nadie más, porque pensarán que estoy loco o que tengo una manía, pero ayer vi cómo Eros apretaba fuertemente el cuello de Psique con enojo, con celos y rabia, como si su única pasión consistiera en hacer desaparecer a Psique de la faz de la tierra. Una fría corriente se cuela en la habitación; me sobrecoge. ¡Es ella! Tengo miedo. Temo que algo me pase si sigue el busto de Victor Hugo conmigo.

5 de diciembre de 1934. He empezado a sentirme mal, físicamente mal. Anhelo que alguien entre en la tienda y se lleve aquella figura endemoniada, que me ha quitado el sueño y la posibilidad de un momento en paz, en tranquilidad. Los ojos se clavan en mí como puñales, como millones de astillas impactando en mi corazón. Los amigos ya no me frecuentan. Desde hace un par de semanas han dejado de venir y estoy seguro de que es por esa maldita escultura.

9 de diciembre de 1934. Las ventas no mejoran, nadie viene. Estamos solos, él y yo.

10 de diciembre de 1934. No es verdad lo que escribí ayer. Tú, Underwood, también estás conmigo y no lo había notado. Dime algo, Underwood, algo para no enloquecer. ¿Te das cuenta cómo nos mira? Observa sus ojos, es una maza su mirada, el reproche con que nos ve… Porque él sabe que tú también conoces el secreto por el cual se halla entre nosotros…

 

A Mr. Thompson no lo volví a ver. Aquella tarde salió y ya no regresó a su tienda. Por varios días estuve solo con el busto de Victor Hugo. Pude sentir todo lo que él decía: la mirada acusadora también se clavó en mí, ella también se me apareció un par de veces, con su pálida faz manchada de sangre. Era como si me exigiera que contara la verdad, que contara la verdad de lo que había ocurrido. Y no lo hice. No en aquel momento, cuando era joven e inexperto. Ahora que estoy viejo, y que he rodado de casa en casa con muchos dueños, sé que debo hacerlo. No de otra manera encontraré la paz cuando, en pocos años, sea destruido, o ya no sirva para nada, ni siquiera para la nostalgia, como en esta época, cuando ocasionalmente mi anciana dueña mete una hoja en mi rodillo y trata de escribir algo, lo que sea, que le recuerde la época en que era feliz, en que se sentía viva.

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