La del siglo XX fue una literatura que pasó, en su mayor parte, por el rodillo de la máquina de escribir y se expuso al rigor del papel carbón. Ese siglo despidió para siempre la recepción de manuscritos en las imprentas o casas editoriales e inauguró la era del mecanuscrito, palabra no reconocida por la Real Academia de la Lengua pero inmortalizada en 1974 por el escritor catalán Manuel de Pedrolo en su novela de culto Mecanuscrito del segundo origen.

Joyce, Rulfo, Hemingway, Cortázar, McCullers, Lispector y un sinfín de autores usaron este artefacto que vemos ya en museos como objeto del ayer o viviendo aún en oficinas burocráticas, escritorios públicos y consultorios médicos, donde se le teclea a dos dedos. Escrituras mecánicas homenajea a la máquina de escribir, compañera literaria de muchos de nosotros el siglo pasado. Artefacto leal, máquina que imprime a la vez que teclea, la Olivetti, Royal, CoronaRemington, Underwwood, o como sea que se llame, se niega a morir sin haber dejado su huella impresa.

Este proyecto es el inicio de otro mayor, con miras a una antología publicada en papel e ebook y brota del entusiasmo desinteresado de los escritores Enrique Alfaro Llarena e Isaí Moreno, quienes lo coordinan.

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