Los enredos

J.C. Guinto

Entra el primer cliente del día y pregunta el precio del corte de pelo.

Contestas que doscientos pesos.

Él sonríe, parpadea y dice está bien. Camina hacia la silla, toma asiento, se mira en el espejo. Le colocas la capa de plástico transparente y le preguntas cómo quiere su corte.

Chasquea y responde, normal, pero no utilices máquina, no me gusta cómo me lo deja, sólo tijeras por favor, rebajado de los costados y un poco largo del copete, me lo peino hacia el lado izquierdo.

Asientes, tomas las tijeras de la mesilla, cortas el pelo y piensas en mandar pintar un cartel más grande con los precios, porque el pequeño nadie lo nota.

Después de unos minutos, él pregunta, haciendo una mueca, que quién es el boxeador.

Volteas a ver las fotos en blanco y negro, las estampas, los recortes de periódicos que atiborran la pared. Contestas sin regresar la mirada, Pipino Cuevas, campeón mundial de boxeo en la categoría welter.

Ah, responde. Saca su celular y se pone a escribir un mensaje.

Miras los residuos cayendo por montones al suelo, intentas que no se metan en los zapatos. Te concentras en el sonido del metal que se roza una y otra vez, lo disfrutas y recuerdas cuando te llevaban de niño a cortarte el cabello con el anciano y gordo peluquero, que trabajaba a dos calles de casa, y olía a talco. Piensas que la primera vez que te vio colocó un cajón de madera en el asiento, subiste y dijo que te quedaras quieto, porque si no corría el riesgo de tusarte. Hiciste lo que pidió y te sentiste feliz por complacerlo, por sentir sus manos metiéndose en el pelo, haciéndote estremecer de placer. Miraste a través del espejo un póster pegado en la pared de un boxeador, la mirada fija al frente, la piel lustrosa, alzando sus guantes, en guardia, preguntaste que quién era, y él respondió, Pipino Cuevas.

Mientras el recuerdo desaparece sigues cortando. Las tijeras y el peine se adentran por espesos territorios, las manos van de un lado al otro, se abren camino en la maraña, luchan por conquistar cada centímetro de la cabeza.

Miras que se han acumulado montones de rizos en el suelo, los pateas porque no te dejan caminar, te hacen perder un tiempo valioso para continuar desvaneciendo el mapa del cabello. Es lo malo, te dices, no tener ayudantes. Pero sabes que con el tiempo y el mayor ahorro posible, lograrás contratar personal para que se encargue de barrer y colocar los pelos en grandes bolsas, y las tiren en los vertederos que el municipio ha colocado en la periferia del barrio. Por ahora, esa tarea la realizas en las noches. Haces varios viajes de ida y vuelta con las bolsas llenas a cuestas, livianas, fáciles de cargar hasta que tiras la última y miras el foso, y a la mujer que viste con trapos de color negro. Es delgada, morena, y el cabello le llega hasta la cintura. Siempre anda rondando y pidiendo monedas, acercándose con sigilo para llevarte de la mano por estrechos callejones, oscuros, hasta su cuarto de paredes azules con el techo resquebrajado. Se acuestan, gimen, y después de un rato ella se pone de pie, desnuda, y saca de bajo la cama una máquina de escribir. Coloca una hoja y la mancha con letras que imprime con fuerza. Aprieta los ojos, se le forman arrugas en la frente, se concentra. Dice que está escribiendo todos los sueños que ha tenido desde que era niña.

Cortas el pelo de las sienes, rebajas los costados y dejas un poco largo el copete. Soplas los mechones que caen en los brazos y te causan cosquillas, miras el pelambre que se sigue acumulando mientras el cliente, quitado de la pena, contempla videos de hombres y mujeres desnudos retorciéndose en la pantalla de su celular. Lo ignoras.

Das tijeretazos por aquí, por allá, y te dices, frunciendo el ceño, que el crecimiento casi incontrolable del cabello es lo que más detestas del trabajo, que mientras más cortas más crece, más se alarga y enreda. Pero alguien tiene que hacerlo, si no de qué vas a vivir. Hay que pagar la renta del departamento, y obtener el dinero que le das a la mujer que viste con trapos y escribe sus sueños, para seguir sintiendo sus delgadas manos aferrándose a tu cráneo, y comprar nuevas máquinas y tijeras para quitar con mayor eficacia el pelo que no te deja caminar, por el que vadeas y ahora te cubre hasta el pecho. Moldeas, no cedes. Te afanas y sudas. Ya falta poco, los pelos son tantos que oscurecen la vista, los quitas de tus ojos, los sacudes de los oídos, sientes que te ahogan.

Afilas la navaja a ciegas y le preguntas al cliente cómo quiere las patillas.

A la misma altura en que las tengo, contesta con rapidez.

Las rebajas como ha pedido, también el contorno de la nuca, lo rasuras con cuidado. Le untas cera para peinarlo. Con los brazos despejas la zona llena de pelos, los enredos, alzas la mirada y al fin has terminado. Le muestras el trabajo con un espejo. Él aprueba sin mirar. Le colocas un poco de talco, se levanta, paga y nada por entre su cabello para salir. Guardas los billetes en el bolsillo del pantalón y sientes en la boca un pelo, escupes y te quedas esperando, cubierto por una maraña de cabellos, a que alguien te ayude a meterlos en bolsas, y a tirarlos de noche en el vertedero que el municipio ha colocado en la periferia del barrio.

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Mi camino azaroso

Patricia Ruiz Hernández

 

Una caja fue el cascarón del cual salí para servir en el mundo. Tal vez mi azarosa existencia no interese a nadie. Aunque hubo una época en la que fui señorial y admirada. Me manufacturaron como máquina de escribir portátil, con la misión de dar legibilidad a las letras manuscritas. Tuve la fortuna de pertenecer a un erudito escritor. Él me recibió nuevecita, con mi orgullo de juventud a cuestas y me colocó en el lugar más importante de su casa: el estudio. La nostalgia me domina al recordar aquellos días cuando disfruté ser el epicentro de su existencia. Por largas horas solía tocar con destreza mis teclas para crear lo que me parecían magníficas obras. Su esposa jamás interrumpía por nimiedades domésticas. Ella resolvía los asuntos caseros y nos permitía disfrutar en aquel santuario de libros. Con frecuencia, mi señor padecía insomnio. Salía de la cama cuando la inspiración arribaba a su mente. Venía a mí con el hábito que suelen tener los amantes: cubierto con una bata de seda y en la mano una copa de vino. Enseguida, bebía el líquido que estimula los sentidos, para así materializar su prolífica imaginación. Muchas veces fui testigo del bloqueo que sufría. A causa de ello, las hojas permanecían con inmaculada blancura y el cenicero era saciado de colillas. En contraparte, cuando la inspiración volvía a la vida, la noche se volvía fructífera y mi teclado rompía el congelado silencio nocturno, convertido en una grata sinfonía. Recibió premios y reconocimientos de los que me sentí orgullosa, pues fui el instrumento de tan laureadas creaciones.

Una noche, quedó postrado sobre el escritorio. Su cara permanecía a escasos centímetros de mí. Pensé que, como otras veces, estaba agotado. Nunca despertó. Escuché decir a su inconsolable esposa que su corazón falló. Fue así como mi futuro se volvió incierto. Fuimos una sola entidad y nunca imaginé que nuestra alianza terminaría. Quedé inactiva, primero en el abandonado estudio, después en el polvoso desván. Era un espacio desagradable, habitado por animales que me pisaban con sus ratoniles extremidades y solían orinar por doquier. Desde esa habitación sombría, escuchaba los ruidos de la casa, sin poder deducir lo que pasaría conmigo. Recordé cuando mi señor escribía que ser útil es ser feliz. Y no había mayor aspiración en mí que cumplir con ese precepto. Lo cual, en esas circunstancias, era imposible. Después de observar por una minúscula ventana el desfile de las estaciones, llegó la limpieza de primavera y me mudé a mi nuevo hogar: un bazar. Los hijos de mi señor me negaron protección, ni siquiera me conservaron en honor a la memoria de su padre.

Aquella tienda estaba atiborrada con televisores, tostadoras y otros aparatos. Encontré a otras de mi especie, con quienes me permití socializar para hacer más soportables los días. Desde una vitrina vi pasar los meses sin que nadie decidiera llevarme consigo. Pensé que ya no era tan especial. ¡Cómo añoraba los viejos tiempos junto a mi señor!

En las conversaciones con mis compañeras, supe de la fabricación de máquinas de escribir con funcionalidad mejorada. Las nuevas eran conectadas a la electricidad y tenían teclas sensibles al tacto, mientras que las nuestras no eran aptas para dedos débiles. Según contaron, las personas sufrían de dolor en los meñiques por teclear a las de mi clase. En el bazar residían algunas eléctricas, contra quienes manifestamos abierta rivalidad. Por sus esferas intercambiables las apodábamos las boludas. Permanecían colocadas en las vitrinas superiores, cual emperatrices con sus aires de grandeza, ensalzadas por sus novedosas capacidades. ¡Ah, qué jactancia! Presumían de su enchufe y de tener dispositivos para corregir errores mecanográficos, cualidad muy apreciada. Además, podían escribir varios tipos de letra con las esferas de las que nos burlábamos. Llegué a pensar: “¿Qué tienen ellas que no tenga yo?” Concluía que nada era eterno, lo sabía muy bien. Y fui profeta, pues llegaron las imponentes computadoras a desbancarlas. En defensa propia, las boludas alegaron que las mecánicas éramos culpables de la creencia errónea que prevalece hasta la fecha: “¡Las letras mayúsculas no se deben tildar!” Ellas decían la verdad. Por razones de diseño, nos era imposible hacer tal acentuación. ¡Cómo las odié!, hasta llegué a pensar: “¡Ojalá un rayo les haga corto circuito y queden con taras de por vida!”

Un día, un hombre llegó para comprarme. El muy descarado regateó mi precio, ¡qué decepción sufrí al saberme infravalorada! Yo, que vine al mundo a ayudar a la distinguida imprenta, se me equiparó con una baratija. Me sentí deslucida y anticuada. La negociación prosperó y tuve un nuevo dueño. Antes de mudarme, me despedí deaquellas con las que compartí una cordial camaradería. Renació en mí la esperanza de volver a ser útil. Por fin mi vida volvería a tener sentido.

El hombre no era tan agradable ni tan letrado como mi señor. Tenía un oficio, hoy extinto, como escribano público. Por unas monedas redactaba cartas para personas iletradas o invidentes, o bien para las que eran neófitas en la expresión escrita. Un escritorio destartalado fue mi nuevo sitio de trabajo. En lo sucesivo, me dediqué a escribir misivas a familiares o a amantes distantes y textos para formalizar algún intercambio comercial. Por otra parte, el exceso de trabajo y la rudeza en el trato me dejaron cierto deterioro. Mi carro se trababa, sufrí mutilación de teclas, el timbre enmudeció y el mecanismo automático del carrete se estropeó, de manera que el escribano debía rebobinar, de manera manual, mi rojinegra cinta. En vez de enviarme a un taller, como yo lo merecía, el muy tacaño hizo improvisadas reparaciones. Me colocó injertos de otras hermanas en el desdentado teclado de un color diferente a mi tez. Esos parches me dieron muy mal aspecto.

Cuando el hombre descubrió que su negocio iba en declive, me vendió a una joven para sus clases de mecanografía en una academia secretarial. Con la chica padecí golpes y malos tratos. Por costumbre comía golosinas encima de mí. Dejaba moronas y pedazos de papel carbón en mis piezas. Tenía el mal hábito de borrar las hojas sobre mi rodillo, por lo que debía tragarme los desechos. Por otra parte, sufrí involución en mi vocabulario. Ya no imprimía sublimes palabras como lo hice con mi señor. La edición se redujo a la repetición de frases como: “La casa de Lola” o “La niña va a la sala”. Pulsaba monosílabos hasta el cansancio –mío y de ella- para llenar las planas de tarea. Aquella forma de vida no justificaba mi existencia. Deseaba con todas mis fuerzas recuperar la grandeza de antaño.

 

Maquina_escribir

 

La fatalidad me persiguió cuando la joven me dejó olvidada en una reunión estudiantil. Un brazo artero me tomó secuestrada. Pasé de mano en mano hasta llegar a un cuartucho horrible que compartí con otras cosas hurtadas. Un ladronzuelo era nuestro dueño ilegitimo. Aunque quise fraternizar con los electrodomésticos, se portaron hoscos conmigo. La desesperación me invadió. Observé que el cuchitril tenía un traspatio. En él se observaron numerosos objetos que padecían las inclemencias del tiempo; lucían mutilados y carcomidos. Aquello era como un cementerio con los cuerpos al aire libre. ¡Cómo padecí en esa mazmorra!, ¡qué desolación! Comencé a sufrir alucinaciones. Enellas, creí ver un l

etrero en la puerta que decía: “Deshuesadero. Se venden partes de máquina de escribir”. Otras veces, la imaginación jugó conmigo cuando era atacada por pelusas mutantes que surgían de la suciedad. Todo era producto de mi propia angustia. Por poco pierdo la razón.

Después de un tiempo, que me pareció una eternidad, el individuo me enajenó y así llegué a una casa de empeño. En aquel lugar, un caballero, de profesión anticuario, me adquirió. Llegué a su casa, un sitio limpio y acogedor. Me recordó a mi primer hogar. Me preparó, junto con otras máquinas, para una exposición. Lustró mi cuerpo con un aceite de olor agradable, quitó el polvo y la suciedad y me trasplantó las piezas faltantes de mi color original. Así, con mi brillante y aséptica maquinaria estuve en la exhibición. Anticuarios y público conocedor acudieron para admirarme. ¡Mi estrella había cambiado! Tuve suerte al no terminar como donadora de órganos para mis hermanas más jóvenes. Cuando el evento terminó, volví a casa del anticuario, quien me trató con sumo cuidado, como a una dama. Ya no tuve el mismo nivel de trabajo que en mis años mozos, pues quedé reservada para exposiciones. Ahora vivo con el orgullo de saberme el ancestro del admirado ordenador. Ya instalada en la madurez, sólo aspiro a envejecer con dignidad.