Comentario de Adam Thirlwell sobre la máquina de escribir

Adam Thirlwell

THE ROOM IS THE SMALLEST and highest in a Georgian-era house — the reason why it has an elegant, unusable fireplace. The view is of London roofs and a tree and some sky: a basic mixture of greens and grays. It provides a restful space for curative daydreaming; because, no doubt, I think of this room as a place of anxiety.
I’m always envious of fashion ateliers or artists’ studios. They seem the true aesthetic workplaces. A writer’s room feels so empty. So I try to have as many work implements as possible, to somehow make the act of writing more real. In this room, there’s an Apple desktop and a chalkboard, an iPad and various notebooks and felt-tip pens. I write on an outsize table, not a neat escritoire — as if I might be cutting film or pasting up collages.
I arrange around me mini totems and talismans to somehow make me believe that what I’m doing has a history, and therefore a rationale. Facing me, propped against the computer screen, is a postcard of Proust’s bedroom. On the wall behind the computer are Modernist posters by Braque and Saul Steinberg. On the wall to my left is a miniature photo of the 20th-century Argentine noir novelist Roberto Arlt, which I bought from a rare books dealer: partly because I love the writer, but mainly because I loved the tiny photo itself, this small survivor from a different era.
I vowed that the typewriter — an original Olivetti Valentine designed by Ettore Sottsass, which was a present from my wife — wouldn’t be only ornamental. But I’m such a bad typist that I can only use it for rudimentary documents — maybe the barest outline of a novel or notes that are meant to be tender and moving, but which have the all-caps stare and the million misspellings of a crazy person.
In “Lurid & Cute,” a disaffected suburbanite has an extramarital affair that sets him on a path of increasingly severe transgressions (out April, $26, Farrar, Straus and Giroux).

Olivetti

Por Elizabeth Flores

Tuba mirum spargens sonum

Per sepulcra regionum
Coget omnes ante thronum.

Mors stupebit et natura
Cum resurget criatura
Judicanti responsura.

Me salgo de mí. Veo con horror las hojas sueltas manchadas de tinta, la sangre negra que he obligado a derramarse sobre ellas. Me miro en la penumbra de la vela de sebo, hecha con la grasa del cuerpo de un animal, un cerdo, quizá. Veo, con una sensación cercana al asco, las teclas de la máquina de escribir Olivetti manual, modelo 735N o algún número cercano que se ha metamorfoseado en éste. Mis manos sudan sobre las teclas: tengo miedo. Ese que está allí sentado desde hace tres días, sin poder moverse, soy yo.
No lo creo. Yo me estoy mirando desde aquí, desde esta cómoda ventana que da a la calle. Observo a ratos el techo que me cubre, a ese otro yo que no consigue moverse. Tengo miedo, ya lo dije. Pero no soy yo quien tiene miedo. Yo soy libre, tengo alas. Mis alas son de ángel: negras y lustrosas, se mueven rítmicamente abrazando el viento que las llama por su nombre: alfabetagammadelta, o si no, alephbethgimmeldaleth hasta la omega y comenzar de nuevo. El viento que suena en mis oídos es una ola, con todo y sus sirenas y sus gemidos. El mar.
Sigo en la ventana, me miro sin cansarme. Estoy llorando, pero aún no puedo moverme, las teclas negras, el cuerpo negro de la Olivetti es un monstruo involuntario, un semen de horror indefinido e inacabado. Mis dedos, acostumbrados a la caricia repentina de la negrura de la e ahora rasguñan el bajorrelieve, queriendo borrar poco a poco su existencia, al menos por esta noche. La noche no es el horror. El día llega con la contundencia de la pesadilla. Extiendo las alas en esta medianía de la preaurora. La luna es una puta cansada que se sabe hermosa: brilla sólo por provocación, con tedio abre las piernas y llena la noche de su aroma.
El día se demora. La oscuridad de la noche vuelve más brillante la luz de la vela. Los 40 ladrones festejan y se reparten el botín de oro y mujeres, mientras yo sigo llorando, sentado en un rincón. Muñeca fea. Efebo. Alicia. Los minotauros y sus laberintos. Ariadna, claro. Todos han llegado. Todos ríen desde sus moradas ficticias, desde sus residencias de papel: exultantes de felicidad. Mi madre no me lo enseñó: la vida no tiene final feliz. La Olivetti calla. Su tacataca se ha interrumpido ahora que lo necesito para silenciar las voces de los felices. Aprieto teclas al azar. Recuerdo mis clases de piano, intento un preludio recordado al vuelo: ckhk veie bkhk neie mkhk akhk zeie… no suena igual…

Black Olivetti

Silencio de nuevo. El reloj tiene miles de manecillas que dan vueltas, enloquecidas, a la eternidad de su rostro. De cualquier forma, el día siempre llega. La sombra sigue allí. Tiene mis ojos, cualquiera diría que es un espejo. Sus ojos no tienen expresión: debe sufrir.
Cierro los ojos y vuelvo a soñar: soy un escritor fracasado del siglo XIX, tengo un arma en la mano y lloro mi propia muerte antes de que acontezca, nadie la llorará después. El gatillo del arma es más resistente de lo que parece, no tengo fuerza para hacerlo, me acerco a la ventana y miro la noche, miro de nuevo la luna, por última vez, me digo, y entonces despierto, estoy de nuevo frente a la Olivetti negra que me regalaste y me dan ganas de vomitar.
Tus manos tocaron el teclado. Lo acariciaban como si fuese mi cuerpo. Llegué a sentir celos. Entonces me la regalaste, me hiciste el regalo de tus letras. Nunca la usé, hasta ahora, hasta hace tres días que me senté frente a ella tratando de entender. Velas de sebo y una Olivetti negra. Además de la ventana, es lo único que me queda de ti.
Ahora me parece que duermo. He cerrado los ojos y sin embargo me observo. Sé que he envejecido. El viento es frío. La madrugada se cobra sus víctimas, como aquel pájaro que ha muerto sin despertar. Mis alas me cobijan, el frío me ha hecho fuerte y me acompañará cuando ya no esté. De nuevo escucho una ola. He perdido interés en mirarme. Mi cabello es gris. El sol no tarda y tengo que irme. La ventana ha estado abierta tres días y tres noches. ¿Habré resucitado?

Cuento del libro de cuentos Punto de fuga, de Elizabeth Flores, publicado por Editorial Ficticia.

Olivetti

Por Adriana Azucena Rodríguez

Cuando le dijeron que me gustaba escribir, mi abuelo me regaló una Olivetti Studio 44. Yo no sabía dónde ponerla porque era enorme, pesada, y hacía un escándalo insoportable, hasta que la instalé en el cuarto de azotea de la vecindad de mi abuelo. Allá nadie me oía y podía escribir toda la noche. Y escuchar música en un radio viejo, también de él.

Me gusta la computadora, claro. Casi todo lo hago ahí: veo televisión, escucho música, descargo películas, tengo unas tres cuentas de correo electrónico, estoy en cuanta red social aparece, hago tareas… pero me es imposible escribir en ella. Con tantas distracciones, nunca he logrado más que el clásico “cortar y pegar” de las tareas que, gracias a Internet y Word, sólo me toman quince minutos para seguir navegando el resto del día.
En cambio, escribir en la máquina mecánica me resulta hasta nostálgico. Empecé a escribir en la de mi mamá, la que ella usó en la secundaria: tomó el taller de secretariado y practicaba mecanografía dos horas diarias aunque la máquina se había vuelto obsoleta ya cuando ella era adolescente. La única razón era que los maestros del taller, con más de veinte años de antigüedad en su plaza, no podían ser despedidos por disposición sindical.
A mí, desde niño, la maquinaria me fascinó: cómo se movían las letras hacia el centro al oprimir una tecla, el cra-cra del rodillo al girarlo y el clac-clac de las teclas. Empecé a usarla para escribir tonterías, con sólo un dedo, por supuesto. Luego machacaba más a menudo la máquina para conservar ideas, cosas de todos los días. Una vez fui al cine y el proyector se averió a la mitad de la película; un empleado se apareció para ofrecer boletos para otra función pero los espectadores se amotinaron y exigieron la devolución del dinero. Total que no vi el final. Habían quedado sin resolverse muchas situaciones y aún estaba en edad de ir al cine sólo con permiso de mis padres, una o dos veces al mes. Casi no podía esperar para regresar a casa: tomé la máquina y me puse a escribir cómo terminaría la historia.
Escuchar las teclas me imponía un ritmo de pensamiento; el silencio y resplandor de la computadora me cohíben. Así me hice a la idea de que quería ser escritor, así muera de hambre, como dice todo el mundo —aunque ahora no sé si llegaré a serlo—. El abuelo se enteró, dijo que me apoyaba y me dejó su armatoste… una Olivetti… Ahí voy otra vez: desde hace tiempo siempre vuelvo al principio de esta historia, la máquina del viejo.
Descubrí su probable poder quizá por casualidad. Puse una hoja en blanco y escribí “El tiempo vuela y se detiene en esta máquina”. No me gustó y arranqué la hoja. Puse otra y volví a empezar, para continuar con una historia sobre un piloto de vuelos comerciales que descubre un umbral a diferentes dimensiones y debe aprender a evadir ese umbral y dejar sanos y salvos a sus pasajeros y tripulación, pues ya había tenido malas experiencias al llegar a universos paralelos en los que el país es otro país y esas cosas.

 

En eso estaba cuando noté que la música había cambiado; pero también el ruido ambiental. Me sacudí cuando puse atención a un anuncio: “…en Aldama y Mina, la esquina que domina”, dicho con voz engolada, demasiado artificial. Comenzó el noticiero: la muerte de Eva Perón. La próxima inauguración del Estadio Olímpico Universitario. Asustado, empecé a mirar alrededor: el azul verdoso de mi Olivetti relumbraba, el tacto se volvía más terso. Me asomé por la ventana: los autos estacionados eran antiguos. No tuve tiempo de preguntarme si estaba soñando; me hubiera arrodillado ante la maravilla que tenía ante mí. Escuché casi todas las estaciones de radio. No duró mucho porque terminaban sus transmisiones después del himno nacional. Pero lo supe. Era 1952, sesenta años atrás. Yo nacería cuarenta años después. Poca madre…
Vi mi teléfono celular: la pantalla estaba en blanco y no respondía. Me hubiera gustado consultar en Internet si Octavio Paz vivía en México en esos días. Afuera, unos borrachos cantaban canciones de Pedro Infante. Y hablaban rarísimo, con un acento que nunca había escuchado. Me decía: no tengo Internet pero sí podría averiguar dónde estaba la Facultad de Filosofía y Letras, quizá podría conocer a Rosario Castellanos o a Jaime Sabines. ¿Dónde andaría Rulfo? Debí salir en ese momento, pero era muy tarde y me dio un poco de miedo —debo decir que me cagaba de miedo—. También tendría que conocer a mis abuelos, que serían adolescentes —eso sí estaría chistoso—; o a una actriz buenona del cine mexicano. Podría enviar a la revista El hijo pródigo un cuento de García Márquez que casi me sé de memoria: sería divertidísimo que lo publicaran o, más chido, que lo rechazaran. También podría alertar a los estudiantes del 68: grafitearía en la plaza de las Tres Culturas: “Aquí matarán estudiantes el 2 de octubre de 1968”; pero tal vez sería inútil… En fin, pensaba en miles de cosas, mi cabeza ardía. Que amanezca ya, pensaba. Me puse a escribir un cuento: “Olivetti”, fue la primera palabra que se me vino a la mente. Y seguí tecleando hasta que me detuve por no saber cómo continuar. Saqué la página incompleta. Estaba cansado, aturdido, pero no me quería dormir. Metí otra hoja a la máquina. Comencé a escribir una lista de cosas que quería hacer en este viaje en el tiempo:
1. Visitar Ciudad Universitaria y las facultades en el Centro.
2. Conocer a Rulfo, a Sabines y a Rosario Castellanos. Y a Paz, si se podía.
3. Buscar a mis abuelos y comprobar si mi abuela era tan bonita como decían.
4. Ir al estreno de una película antigua, recién estrenada.
5. Enviar a El hijo pródigo el cuento “La luz es como el agua”.
6. Alertar a los estudiantes.
Lo pensé durante un rato y escribí:
7. Buscar cómo regresar al futuro.
Entonces ocurrió lo terrible: reconocí las canciones de mi época. Miré el celular: ya tenía señal. Estaba de vuelta… ¿de vuelta de dónde…? Busqué a un lado. Ahí estaban mis cuartillas: ya casi nada se notaba de lo que había escrito. La hoja en la máquina de escribir seguía en el rodillo, con mi lista casi ilegible. ¿Qué demonios había pasado? ¿Cómo volver a 1952? He tratado de escribir la misma frase con la que me transporté. Miles de veces. Es inútil. Quienes me han visto escribir obsesivamente esa frase me dicen que parezco Jack Nicholson en “El resplandor”. Alcanzo a descubrir en las cuartillas desdibujadas que una de las “a” está chueca. Sólo ese detalle es diferente a mi transcripción. ¿Tiene eso que ver con mi viaje imposible? Tampoco me explico cómo volví. La hoja se rompió en cuanto la saqué del rodillo. Esos pedazos de papel amarillento y con palabras totalmente borrosas son la única prueba de que estuve ahí.
Entiendo que hay una especie de revelación en esta historia absurda, real. Una revelación sobre la escritura: me importa un carajo. Mi familia teme por mi salud mental. Mi abuelo se arrepiente de haberme regalado su máquina de escribir. A mí también me preocupa lo que sucederá. Ni siquiera sé como terminar ese cuento, “Olivetti”…

Lettera 32 *

Por Sergio Sarmiento

“Conserva tus recuerdos.
Es lo único que te queda”.

Paul Simon, “Old Friends”

Era muy temprano, quizá las seis de la mañana, el 23 de octubre de 1968. Yo estaba despierto a medias. Trataba de juntar fuerzas para levantarme e ir a la escuela, a la Prepa 8.
Alguien tocó a mi puerta, lo cual era inusitado, especialmente a esas horas de la mañana. Con mis padres tenía yo una relación muy “respetuosa”: es decir, yo respetaba sus espacios y no me metía con ellos, pero exigía que ellos respetaran el mío… y no me gustaba que entraran a mi cuarto.
Dije adelante y aparecieron mis dos padres. Esto era también extraño, porque estaban peleados la mayor parte del tiempo. Venían sonrientes y traían consigo una caja de regalo de regular tamaño. “Feliz cumpleaños, Sergio”, me dijeron. Efectivamente, ese día cumplía yo 15 años.
Abrí la caja y saqué un estuche de plástico de color gris azuloso claro con una franja negra al centro. Lo reconocí de inmediato: mi padre fabricaba esos estuches para la empresa Olivetti. Con anticipación abrí la cremallera y encontré en el interior una flamante máquina de escribir portátil: una Olivetti Lettera 32 de cuerpo metálico, color verde azuloso, sólida, ligera y compacta.
No recuerdo un solo regalo en mi vida que me haya entusiasmado tanto y que se haya quedado conmigo tanto tiempo. Durante unos 15 años esa Lettera 32 se convirtió en mi principal compañera. Fue casi el único equipaje que cargué conmigo cuando dejé la casa familiar. Viajó conmigo más tarde a Estados Unidos, Inglaterra y Canadá. Y regresó conmigo años después cuando volví a México a establecerme definitivamente.
En esa máquina escribí mis ensayos de preparatoria y de universidad así como mis primeros artículos periodísticos: incluyendo el primero que alguien me compró, la revista Siempre!, en 1971. También redacté ahí algunos cuentos y una novela de juventud… bastante mala, por cierto.
Debo haber dejado de trabajar cotidianamente en esa vieja Lettera portátil a principios de la década de 1980, cuando tenía alrededor de 30 años. Ya en la Encyclopædia Britannica, donde trabajaba, me había acostumbrado a usar máquinas eléctricas: primero una Olympia semiportátil y más tarde una IBM de esfera que, con su corrector integrado, empezó a cambiar mi forma de trabajar y me motivó a comprarme una IBM usada para la casa.

OliUndiStudio44
Los hombres, me imagino, somos por naturaleza infieles. A la Lettera 32 la hice a un lado y después, entre las mudanzas, los divorcios y las separaciones, la olvidé. Hoy ya no sé quién se la quedó: si alguna ex pareja o un inquilino nuevo en un apartamento dejado atrás.
A fines de los ochenta di el paso de las máquinas de escribir a las computadoras. Mi vida se transformó radicalmente en el momento en que pude hacer todas las correcciones de un texto directamente en una pantalla y al final sacar una copia limpia de una impresora.
Hoy las computadoras se han convertido en mi instrumento cotidiano de trabajo. Las tengo sembradas por doquier y nunca salgo de México sin cargar una portátil.
Pero a últimas fechas he empezado a sentir nostalgia por mi vieja Lettera 32. Me pregunto, ¿dónde ha quedado? ¿Alguien la utilizará todavía? ¿O estarán pudriéndose sus restos en algún tiradero de basura?
Lo único que sé es que mis padres cambiaron mi vida el 23 de octubre de 1968 con ese regalo. A veces nadie sabe el impacto que puede tener una acción al parecer insignificante. Me imagino que una máquina de escribir sería hoy un presente poco atractivo para un joven. Pero lo importante en mi caso fue que, con la Lettera, mis padres solidificaron una vocación que ahora me permite ganarme la vida con dignidad y ofrecerle a usted estas cotidianas reflexiones.
Hoy el mundo ha cambiado. A mis hijos les he dado unas computadoras: una de ellas, de hecho, es más poderosa, avanzada y atractiva que la mejor de las que yo utilizo profesionalmente. Pero eso no es lo importante; tampoco el hecho de que las computadoras, al contrario de una máquina de escribir que podía dar servicio 15 años, hay que reemplazarlas cada tres o cuatro años para no quedar en la obsolescencia. Lo que yo me pregunto es si esas computadoras que hoy emplean mis hijos les ayudarán a fijar una vocación de manera tan clara como a mí me lo hizo una máquina portátil de escribir.
En la vida hay que ser agradecidos. Y hoy, a 34 años de distancia, quisiera atreverme a agradecer ese regalo tan aparentemente modesto que me ha permitido ser -para bien o para mal- lo que soy.

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* Este artículo fue publicado en el diario Reforma, el 4 de octubre de 2002 y se reproduce con permiso de su autor.